Memorias de taisho (Capítulo 3º)

El camino hacia el Monte Fuji
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Por Miguel Labodía – David Labodía
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Hay tardes que la memoria preserva con una fidelidad que no merece. Cuando le pregunté por su escuela, el joven samurái NABŌDA Shun levantó la mirada con una gravedad que no correspondía a su edad y pronunció un nombre que sonaba a promesa: IpponMatsu Ryū, la escuela “Pino Solitario”. Estaba, me dijo, al pie del Monte Fuji, en las cercanías de una aldea llamada Hara, donde la sombra del volcán se extiende sobre los campos como una mano protectora que también podría ser una amenaza. Le pregunté cómo había llegado hasta Edo, y me contó una historia breve y sin adornos: sus maestros lo habían enviado a la capital para que viera el mundo más allá de la montaña, porque –y cito sus palabras tal como las recuerdo– “un guerrero que solo conoce su propia sombra confundirá la sombra con el guerrero”.
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Tres meses tardé en organizar la imprudencia más hermosa de mi vida. Porque eso fue, una imprudencia, y no voy a disimularlo ahora que puedo mirarla desde la distancia que solo los años conceden. Un comandante al servicio del nuevo shōgun no abandona Edo para recorrer caminos montañosos en busca de una escuela de esgrima cuya fama no había traspasado los límites de su propia comarca. No lo hace, y sin embargo yo lo hice con la determinación silenciosa de quien sabe que ciertas cosas deben hacerse precisamente porque no deberían. La razón, si es que la razón tenía algo que ver en todo aquello, era sencilla: lo que había visto en la calle del mercado de Edo no era solo una técnica, era un principio, y yo necesitaba ir hasta su origen como el que sigue un río hasta la fuente porque el agua que ha probado río abajo le ha parecido demasiado pura para haber nacido en cualquier parte.
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Organicé el viaje lejos de toda ceremonia. Un comandante con séquito, estandartes y escolta habría tardado semanas en sortear los protocolos que el nuevo gobierno exigía para cada desplazamiento oficial y habría atraído sobre sí la atención de quienes se preguntarían, con razón, qué asunto llevaba a un comandante hasta las faldas del Monte Fuji, en pleno otoño. Decidí viajar como lo que el mundo no esperaría que fuese: un rōnin más entre los muchos que recorrían los caminos de un país que aún no había terminado de recomponerse tras las guerras. Me acompañarían únicamente dos personas: MINEDA Seijirō, un viejo samurái de mi guardia personal, hombre fiable y discreto compañero de cien batallas, y el joven Shun, que aceptó guiarnos hasta su escuela con esa mezcla de orgullo y desconcierto que produce en los jóvenes la atención inesperada de los poderosos. Nos despojamos de nuestro mon, la insignia del clan, vestimos ropas de rōnin gastadas por el camino y partimos a pie, sin caballos, temprano, durante una fresca mañana de otoño, desde el famoso puente Nihonbashi en pleno centro de Edo.
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El Tōkaidō nos recibió con su energía interminable. Esa gran ruta que conecta Edo con el oeste del país era entonces un río de humanidad que no dejaba de fluir en ninguna dirección: comerciantes con sus fardos a la espalda, peregrinos que caminaban descalzos hacia templos cuyo nombre llevaban escrito en tiras de papel, mensajeros oficiales que pasaban al galope sin dignarse mirar a los que les cedíamos el paso, mujeres que cargaban cestas de arroz con una elegancia que el peso no conseguía doblegar, y muchos rōnin –verdaderos rōnin, no impostores como nosotros– que vagaban con la mirada perdida de quienes buscan un señor que ya no existe. Caminamos el primer tramo a buen paso, durmiendo por las noches en posadas modestas donde nadie hacía preguntas y nadie esperaba respuestas, porque en el Tōkaidō cada viajero es una historia que a los demás no les apremia conocer.
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En Hakone, el puesto de control militar nos exigió detenernos. Los guardias del sekisho examinaron nuestras ropas, nuestros sables y nuestros rostros con la desconfianza profesional de quienes saben que cualquier viajero puede ser algo distinto de lo que aparenta. Pasamos sin incidentes: dos rōnin viejos y un joven samurái no constituyen una amenaza que merezca ser investigada, y la paz recién inaugurada había aflojado algunos nudos de la burocracia militar. Desde Hakone abandonamos el Tōkaidō y tomamos senderos secundarios que ascendían hacia las montañas, caminos estrechos y retorcidos que en verano debían de ser transitables y que el otoño había convertido en algo apenas distinto del monte que los rodeaba. Las hojas de los arces se habían encendido en rojos y anaranjados tan intensos que parecían arder sin fuego, y el aire tenía esa cualidad seca y limpia que solo se respira en las alturas, cuando el calor del llano queda atrás como un recuerdo impreciso. Caminábamos en fila: Shun delante, buen conocedor de los senderos, Seijirō cerrando la marcha y yo, en el centro, sintiendo en los huesos cada ri de distancia con una intensidad que habría preferido no reconocer. Ya no era joven. Lo sabía antes de emprender el viaje y el viaje se encargó de confirmármelo.
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Al tercer día de marcha, el Monte Fuji apareció en el horizonte como algo que no pertenecía del todo al mundo de los hombres. Lo había visto antes, desde la distancia, en días claros de invierno en los que su cima nevada flotaba sobre el paisaje como una aparición. Pero verlo de cerca, acercarse a él paso a paso por senderos que ascendían y descendían entre bosques silenciosos, era otra cosa. Su presencia lo llenaba todo sin esfuerzo, sin insistencia, con la naturalidad abrumadora de las cosas que simplemente son más grandes que uno. Comprendí, al contemplarlo, por qué Shun hablaba de su montaña con el mismo tono con que otros hablan de sus padres: uno no elige el paisaje en el que se forma, pero a pesar de ello el paisaje te da forma y ya no hay manera de separar lo que eres de lo que viste cada mañana al abrir los ojos. El otoño había tendido sobre las laderas inferiores un manto de colores que la bruma desdibujaba por momentos, y el frío arreciaba con la franqueza de las cosas inevitables.
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Llegamos al pueblo Gotemba esa misma tarde a la hora del kure-mutsu, cuando la luz se retira del mundo con esa lentitud que tiene el que se despide sin saber si volverá. Era una aldea pequeña, agazapada entre montañas como un animal que busca refugio del viento, y la posada que encontramos al borde del camino principal tenía el aspecto de todos los establecimientos que uno encuentra en esos lugares olvidados: un techo bajo de paja ennegrecida por el humo, un interior oscuro donde el olor a sake caliente y a leña de cedro se mezclaba con algo más antiguo y menos agradable, y una luz tenue de candil de aceite que apenas alcanzaba para distinguir los rostros de los que ya estaban dentro.
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Entramos los tres viajeros con el hambre y el cansancio honestos de quien ha caminado todo el día por senderos difíciles, y pedimos algo de comer y un lugar para dormir. El tabernero, un hombre bajo y nervioso cuya mirada iba y venía entre nosotros con la rapidez de un pájaro asustado, nos sirvió arroz, sopa de miso y pescado seco sin pronunciar más palabras de las necesarias, pero nos denegó el alojamiento. Fue Seijirō, con ese instinto que los años de combate afinan hasta convertir en algo casi animal, quien me rozó el brazo y me señaló con un gesto apenas perceptible hacia el fondo de la sala.
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Dos hombres estaban sentados en la penumbra, cerca de la puerta trasera, con la quietud calculada de quienes llevan un rato observando sin querer ser observados. Sus ropas eran de rōnin, pero había en ellos algo que no correspondía a los rōnin que yo conocía: una tensión en los hombros, una manera de llevar los sables demasiado accesibles. Cuando nos vieron entrar –o quizás cuando nos vieron a nosotros verlos a ellos– intercambiaron una mirada breve y se levantaron con una calma que era, en sí misma, una declaración de intenciones. Salieron por la puerta trasera sin prisa, como quien ha terminado su cena y simplemente se retira a descansar. No me engañaron. Hay miradas que un guerrero viejo reconoce como reconoce el olor de la lluvia antes de que caiga: no porque sepa explicar cómo lo sabe, sino porque lo sabe.
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Terminamos de comer en silencio. Pregunté al tabernero si conocía alguna otra posada en Gotemba donde pudiéramos pasar la noche, y el hombre nombró un lugar a poca distancia, calle arriba, con la prisa de quien desea que ciertos clientes abandonen su establecimiento antes de que ocurra algo que él no quiere presenciar. No puedo reprochárselo. Los taberneros de los caminos montañosos sobreviven precisamente porque saben cuándo es mejor no estar en medio.
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Nos levantamos. El joven Shun salió el primero por la puerta principal…
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Personajes de la historia
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IpponMatsu Ryū
– Escuela del Pino Solitario. Nombre ficticio de una escuela de esgrima –iAikido– situada al pie del Monte Fuji, en las cercanías de la aldea Hara.
Taishō – Gran Comandante. Término que designaba al comandante de un ejército o gran unidad en campaña, al servicio de su daimyō. Protagonista principal de la historia.
MINEDA Seijirō – Samurái veterano y guardia personal de Taishō.
NABŌDA Shun — Joven samurái alumno de IpponMatsu Ryu y acompañante personal de Taishō a lo largo de la historia.
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Glosario de términos japoneses
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Aiki
– Armonía de energías. Consiste en unirse a la fuerza del oponente para redirigirla, no para oponérsele: el arte de alcanzar la paz sin necesidad de destruir.
Battōjutsu – Arte de desenvainar el sable. Disciplina que busca la unidad entre el desenvainado y el golpe de corte, eliminando el intervalo entre ambos.
Chūdan – Guardia media. Posición de esgrima con la punta del sable dirigida al centro del pecho del adversario.
Edokko – Hijo de Edo. Término con que se llegará a designar a los habitantes originarios de la nueva capital.
Gedan – Guardia baja. Posición de esgrima con la punta del sable dirigida al suelo.
I – Presencia previa a la acción. Designa la unidad del ser consigo mismo, la voluntad plena antes de que ocurra nada.
Ikkyo – Primera enseñanza. Técnica de control articular que inmoviliza el brazo del oponente presionando el codo desde arriba, redirigiendo su fuerza hacia abajo.
Irimi – Entrada directa. Consiste en avanzar hacia el centro del adversario, ocupando el espacio donde este se creía a salvo: lo opuesto a esquivar.
Jōdan – Guardia alta. Posición de esgrima con la hoja del sable levantada sobre la cabeza, buscando alcance e intimidación.
Kure-mutsu – Hora de los seis toques. Crepúsculo astronómico del Japón feudal, hacia las 18:00-19:00 en otoño; marcaba el inicio oficial de la noche.
Maki-otoshi – Envolver y derribar. Técnica de sable que envuelve la hoja del oponente con un giro de muñeca, desviándola y haciéndole perder el control del arma.
Mon – Emblema de clan. Blasón heráldico bordado en el kimono que identifica el origen y linaje de un samurái.
Mushin – Mente sin mente. Estado en el que no existe intervalo entre percepción y respuesta: el cuerpo actúa antes de que la mente delibere.
Ri – Unidad de distancia, unos 3,9 km. El trayecto entre Edo y el Fuji suponía entre 25 y 30 ri, cubiertos en tres o cuatro jornadas a pie.
Rōnin – Samurái sin señor. Literalmente “hombre ola”: quien vaga sin rumbo tras perder a su daimyō, como ocurrió en masa tras Sekigahara.
Sekisho – Puesto de control. Barrera militar en los caminos principales donde se verificaba identidad y propósito de los viajeros.
Shōgi – Juego de los Comandantes. Estrategia de tablero que exige visión de conjunto y anticipación de las intenciones del rival.
Shōgun – General supremo. Título militar máximo del Japón feudal, otorgado por el emperador a quien ejerce el gobierno efectivo.
Taishō – Gran Comandante. Título del comandante de un ejército o gran unidad en campaña, al servicio de su daimyō.
Ude Osae – Sujeción del brazo. Técnica de control que inmoviliza el antebrazo y el codo del adversario antes de actuar, a diferencia del irimi, que corta sin inmovilización previa.
Zanshin – Mente restante. Alerta relajada que se mantiene antes, durante y después de la acción, lista para reaccionar en cualquier instante…


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