Memorias de taisho (Capítulo 2º)

El filo en una tarde de verano de Edo
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Por Miguel Labodía – David Labodía
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Hay tardes que la memoria preserva con una fidelidad que no merece. No las tardes de las grandes batallas, no los crepúsculos que siguieron a la muerte de mi señor o a la firma de las alianzas que cambiaron el rumbo de todo. No. La memoria elige con una lógica propia, indiferente a la importancia de los hechos, y a veces elige una tarde cualquiera de verano en las calles de Edo, el olor a pescado y a madera recién cortada, el ruido sordo y continuo de la ciudad nueva que se construye a sí misma con la urgencia de quien sabe que el mundo no esperará. Fue en una de esas tardes cuando vi morir a un hombre por no haber sabido medir la distancia que lo separaba de otro hombre.
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Era el verano del año siguiente a que TOKUGAWA Ieyasu había recibido el título de shōgun y había fijado su gobierno en este lugar, Edo, que hasta hacía poco era poco más que un pueblo de pescadores y barro, junto a la bahía. La voluntad de un hombre puede transformar la geografía: donde antes había redes puestas a secar al sol, ahora se levantaban barrios enteros, mercados bulliciosos, calles sin nombre todavía que ya rebosaban de gente llegada de todos los rincones del país. Samuráis desplazados por sus señores, comerciantes que olían el dinero que circula alrededor del poder, artesanos que traían consigo sus herramientas y sus hijos, campesinos que buscaban en la ciudad lo que la tierra les negaba. Todos estos hombres distintos compartían ahora el mismo espacio estrecho y caluroso, y esa mezcla, como toda mezcla, producía a veces reacciones imprevistas.
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Yo paseaba ese día con mi guardia personal por uno de los barrios comerciales que se extendían al este del castillo. Me había acostumbrado a recorrer la ciudad a pie, sin el ceremonial que otros comandantes de mi rango consideraban indispensable: la pompa me ha parecido siempre un gasto de energía que podría invertirse mejor en otra parte. El calor era denso, casi sólido, del tipo que la ciudad produce en agosto sin disculparse, y el aire olía a madera húmeda, a brasas de carbón y a algo animal que prefiero no precisar. Las calles eran angostas y los Edokko las llenaba con esa energía desordenada y ruidosa que tiene la gente cuando siente que forma parte de algo nuevo y no acaba de entender de qué.
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Fue entonces cuando lo vi.
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Un samurái –joven, miembro de un clan menor a juzgar por el mon bordado en su kimono– se había detenido frente a un puesto de verduras. La razón exacta de la disputa no la conocí en ese momento; la supe después, al día siguiente, cuando llamé al hombre a mi presencia. Parece que el campesino, exaltado por el calor o por alguna afrenta anterior que nada tenía que ver con el samurái, le había dirigido palabras que no correspondían a su condición. El samurái lo había mirado con esa expresión que los de su clase saben componer, en la que la indiferencia y el aviso se combinan en la misma mirada quieta. Debería haber bastado. Casi siempre basta. Pero el campesino, por razones que quizás ni él mismo sabría explicar, eligió ese momento para hacer la cosa más insensata que un hombre desarmado puede hacer frente a un guerrero: se abalanzó sobre él.
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No fue un ataque torpe. El campesino era un hombre de complexión robusta, curtido por el trabajo de los campos, y lo que hizo tenía incluso una cierta lógica desesperada: lanzó el cuerpo hacia adelante y aferró el brazo derecho del samurái con las dos manos, justo por encima de la muñeca, sujetándolo con fuerza hacia abajo para impedirle alcanzar la empuñadura de la katana. Su intención, supongo, era inmovilizar al guerrero, hacerle ver que no era tan invulnerable como creía, quizás humillarlo ante los que miraban. Los que miraban éramos muchos: el gentío de la calle había retrocedido en silencio, como retrocede el agua al caer una piedra, formando un círculo involuntario alrededor de los dos hombres.
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Lo que sucedió a continuación duró menos que un pensamiento.
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Mushin
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Fue entonces cuando la mano zurda entró en acción. Libre del sable, descendió sobre el antebrazo del campesino con una precisión que no dejaba nada al azar: lo atrapó desde arriba, ejerciendo una presión firme hacia abajo y hacia afuera, lo que los maestros de este arte llaman ude osae, la sujeción del brazo, y que cierra la articulación del codo con la misma eficacia con que la llave cierra una puerta. El campesino quedó así doblemente preso: por el osae que le inmovilizaba el brazo, y por su propia obstinación en no soltar la muñeca del samurái, que era ahora la muñeca que sostenía el sable. Su impulso hacia adelante se había convertido en la arquitectura de su propia trampa.
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El tajo fue descendente. Diagonal, preciso, sin vacilación, y encontró el cuello del campesino en el punto exacto donde la vida circula más cerca de la piel.
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El hombre no murió de inmediato. Esto también lo preserva mi memoria sin que yo se lo haya pedido: cayó de rodillas primero, con una expresión en el rostro que no era exactamente dolor sino algo más parecido a la perplejidad, como si el cuerpo tardara unos instantes en informarle de lo que había ocurrido. La sangre brotó con la urgencia de las cosas que han estado contenidas demasiado tiempo. Algunos de los presentes apartaron la mirada. Otros no pudieron. El samurái se mantuvo en pie, el sable todavía en la mano, y aguardó con esa quietud particular que los guerreros mantienen después de un golpe –el zanshin, la mente que permanece alerta incluso cuando la acción ha concluido– hasta que el cuerpo del campesino se dobló, cayó de costado hacia un lado y quedó en silencio sobre el polvo caliente de la calle mientras un charco de sangre se formaba lentamente a su alrededor. El calor de agosto hacía que todo pareciera ocurrir bajo una luz demasiado intensa, demasiado nítida, sin la misericordia de las sombras.
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Me quedé quieto. Mi guardia personal esperó mi señal y yo no la di, porque no había señal que dar. El samurái había actuado dentro de los límites que la ley y la costumbre le conceden a su clase, y yo lo sabía con la misma claridad con que sabía que ese privilegio, extendido sin mesura a lo largo del tiempo, terminaría por crear sus propios problemas. Los tiempos que se avecinan, en esta ciudad nueva y con esta mezcla de gentes que no acaban de aprender a compartir el mismo espacio, requerirán una disciplina que no siempre vendrá de la espada. Pero ese es un pensamiento para otra ocasión; ese día había un hombre muerto en la calle y había que decidir qué hacer a continuación, y lo que decidí fue retirarme sin pronunciar ninguna de las palabras que se me habían agolpado en la garganta.
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A la mañana siguiente mandé llamar al samurái.
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Era más joven de lo que me había parecido desde la distancia: tenía la edad en que los hombres todavía creen que la juventud es un mérito en lugar de una condición provisional. Se presentó ante mí con la compostura correcta, sin la arrogancia que podría haber mostrado quien sabe que la ley lo protege, pero tampoco con la actitud de quien se siente culpable de algo. Le hablé con la brevedad que los asuntos resueltos merecen: le hice saber que había presenciado los hechos, que conocía sus derechos y que no era mi intención cuestionarlos. Luego le pregunté por la técnica de sable.
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Sus ojos cambiaron en ese momento. Hay una manera que tienen los hombres de mirar cuando se les pregunta por algo que verdaderamente aman, y esa mirada no se puede fingir. Me habló de una escuela de esgrima, autorizada por su clan, en la que se investigaban y practicaban métodos que iban más allá del kenjutsu convencional: no solo el arte de manejar el sable, sino el arte de desenvainarlo y cortar en un único movimiento continuo –el battōjutsu–, y aún más allá, el arte de responder al cuerpo del adversario con la armonía del cuerpo propio, antes incluso de que la mente haya tenido tiempo de deliberar. Me dijo que en esa escuela llamaban iAikido a todo este conjunto de técnicas y actitudes, y así reconocí en sus palabras algo que yo mismo había intuido, décadas atrás, sin encontrar el nombre.
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No disfruté de la muerte de ese campesino. Que esto quede dicho con claridad, aunque sé que pocas personas creerían necesario decirlo, y quizás tengan razón. He visto morir a demasiados hombres en los campos de batalla como para que la muerte de uno más en una calle, durante una tarde de verano, me agite las entrañas; la guerra nos educa en esa frialdad que los que no han ido a la guerra confunden con insensibilidad; no lo es; es simplemente que el dolor, al igual que un músculo, se endurece con el uso. Y sin embargo… y sin embargo hay algo en la muerte de un hombre desarmado, en tiempo de paz y sobre el polvo caliente de una calle de mercado, que tiene una cualidad distinta a la muerte en el campo de batalla: esta última tiene al menos la dignidad del riesgo compartido, la simetría oscura de dos voluntades que se oponen sabiendo lo que se juegan. Lo que vi aquella tarde fue otra cosa. No lo llamo injusticia porque la palabra no encaja en el mundo en que habito; lo llamo desproporción, que es un concepto más preciso y más honesto.
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Pero el filo que encontró aquella tarde la dirección más precisa y más breve, ese desenfunde suave, ese giro del brazo sujetado, esa sujeción del brazo convertida en palanca, todo ello era un único proceso, era ya todo el corte: eso sí lo reconocí como algo verdadero. Como algo que pertenece a un orden diferente al de la violencia gratuita, aunque ese día ambas cosas coincidieran en el mismo instante y en el mismo hombre. El arte no responde por las circunstancias en que se ejerce y eso también lo sé desde hace mucho tiempo. Soy Taishō, Gran Comandante de los ejércitos de mi señor.
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Taishō (大将) – Gran comandante. Término que designaba al comandante de un ejército o gran unidad en campaña, al servicio de su daimyō.
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Ikkyo (一教) – Primera enseñanza. Técnica fundamental de control articular en la que se inmoviliza el brazo del oponente ejerciendo presión sobre el codo desde arriba, redirigiendo su fuerza hacia abajo.
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Ude Osae (腕押さえ) – Sujeción del brazo. Nombre descriptivo de la misma técnica, que enfatiza el control ejercido sobre el antebrazo y el codo del adversario.
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Battōjutsu (抜刀術) – Arte de desvainar el sable. Disciplina que busca la unidad entre el acto de desenvainarlo y el golpe de corte, eliminando el intervalo entre ambos.
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Edokko (江戸っ子) – Hijo de Edo. Término con que se designará con el tiempo a los habitantes oriundos de la nueva capital, Edo.
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I () – El I designa un estado interior y previo a la acción: es la unidad del ser consigo mismo, la presencia plena de la voluntad antes de que ocurra nada.
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Aiki (合気) – Se compone de dos ideogramas con siglos de historia filosófica que en la práctica marcial consiste en unirse a la fuerza del oponente para redirigirla: es el arte de alcanzar la paz sin necesidad de destruir.
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Mushin (無心) – Mente sin mente. Estado en el que no existe intervalo entre la percepción y la respuesta: el cuerpo actúa antes de que la mente delibere.
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Zanshin (残心) – Mente restante. Conciencia o alerta relajada que se mantiene antes, durante y después de la acción, dispuesta para reaccionar en cualquier momento…


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