Peter Bernath Shihan: “El Aikido me enseñó a ser más humano”

Por Toni Martínez Alcaraz
The Burrow Dojo
theburrowdojo@gmail.com
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Gracias a la iniciativa y organización de Ricard Coll, 5º Dan Aikikai, impulsor del Aikido en Terrassa hace ahora justamente veinte años, fundador de Aikidojo Terrassa Centre per al Desenvolupament Personal y miembro de la asociación Aikikai Sansuikai Spain, hemos tenido la oportunidad de conversar en exclusiva con Peter Bernth Shihan. Discípulo directo de Yoshimitsu Yamada Sensei. Bernth Shihan nos visitó el pasado mes de octubre para impartir un memorable seminario en Terrassa, una ocasión excepcional que también nos ha permitido departir con él y profundizar en su trayectoria, su visión del Aikido y las enseñanzas recibidas de uno de los grandes maestros de nuestra disciplina.
Me recibe Manolo García Dan Aikikai (alumno directo de Yoshimitsu Yamada Shihan, también alumno de Peter Bernath entre otros, y presidente de la asociación Aikikai Sansuikai Spain), en el hall del hotel Terrassa Confort, ya que es dónde se hospeda Peter Bernath Shihan.
Deseo que los lectores la pueden disfrutar y aprender tanto cómo lo hice yo. Les dejo con sus palabras:
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Peter Bernath Shihan: el Aikido como camino de vida
El seminario supuso el esperado reencuentro con una comunidad de practicantes que él mismo había conocido décadas atrás y cuyo crecimiento ha podido contemplar con satisfacción. Bernath Shihan recuerda con especial cariño su primera visita a España junto a Yoshimitsu Yamada Sensei en 1995, durante un seminario celebrado en Alicante. Años después regresó regularmente a Cataluña hasta que, por diversas circunstancias, aquellas visitas se interrumpieron. Casi veinte años más tarde ha vuelto a encontrarse con muchos de aquellos practicantes, entre ellos Ricard Coll, a quien conoció cuando apenas comenzaba su camino en el Aikido.
Para el maestro estadounidense, regresar a Terrassa ha supuesto mucho más que impartir un seminario. Ha significado reencontrarse con una auténtica familia. Ver a antiguos compañeros que continúan practicando, descubrir nuevas generaciones y comprobar que el espíritu transmitido por Yoshimitsu Yamada Sensei permanece vivo constituye, para él, uno de los mayores motivos de satisfacción.
Más allá del nivel técnico, destaca la actitud de los practicantes. Observa un Aikido claro, sincero, desarrollado con energía y entusiasmo, en el que se mantienen los principios fundamentales de la escuela. Considera que Yamada Sensei se sentiría profundamente orgulloso de comprobar cómo aquella semilla plantada hace tantos años sigue dando frutos.
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Un enamorado del Aikido
Cuando Peter Bernath habla de sí mismo apenas menciona títulos, grados o reconocimientos. Prefiere definirse de una forma mucho más sencilla: como una persona que un día se enamoró del Aikido. Explica que descubrir esta disciplina fue comparable a enamorarse de alguien. Aquella fascinación inicial nunca desapareció y, con el paso de las décadas, no hizo más que crecer. El Aikido pasó de ser una actividad deportiva a convertirse en el eje sobre el que giró toda su existencia.
Para él, el Aikido es simultáneamente un arte marcial y un arte en el sentido más amplio del término. Es un lenguaje corporal, una forma de comunicación y una manera de entender la vida. Después de más de cincuenta años de práctica sigue sintiendo la misma ilusión que cuando entró por primera vez en un dojo.
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Mucho más que un sistema de defensa personal
Aunque insiste en que el Aikido constituye un sistema de defensa personal extraordinariamente eficaz —empleado incluso por numerosos cuerpos policiales—, considera que reducirlo únicamente a ese aspecto supone quedarse en la superficie. Desde un punto de vista técnico, explica que el practicante aprende primero a redirigir la energía del ataque para posteriormente unirse a ella y ejercer el control sin necesidad de recurrir a una fuerza desproporcionada. Sin embargo, ese proceso físico encierra un significado mucho más profundo.
Para Bernath Shihan, el verdadero Aikido consiste en armonizarse con aquello que sucede. No solamente con un ataque físico, sino también con las emociones, las dificultades y los conflictos que aparecen a lo largo de la vida. En este sentido, define el Aikido como una especie de Zen emocional, una práctica que enseña a mantener el equilibrio interior mientras todo cambia a nuestro alrededor.
Esa dimensión espiritual no implica apartarse de la realidad. Al contrario. Considera que precisamente ayuda a desenvolverse en una sociedad cada vez más agresiva, impaciente y poco cordial, desarrollando una mayor sensibilidad hacia las personas y hacia uno mismo.
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Un cartel en San Francisco que cambió una vida…
El origen de toda esta historia se remonta a 1972, en San Francisco (California). Peter Bernath recuerda perfectamente el momento en que vio un cartel en el barrio japonés donde aparecía una mujer de pequeña estatura proyectando con facilidad a un hombre mucho más corpulento. Aquella imagen despertó inmediatamente su curiosidad. Junto a dos amigos decidió visitar el dojo.
Lo que encontró allí le impresionó profundamente. Un tatami de color verde iluminado por la luz que entraba por las ventanas y un grupo de personas ejecutando movimientos armoniosos que le recordaban a una especie de gimnasia llena de elegancia.
Hasta entonces había practicado fútbol americano y gimnasia, por lo que poseía cierta preparación física, pero nunca había visto una disciplina que combinara el movimiento corporal con semejante sensación de control y belleza. En ese mismo instante comprendió que había encontrado aquello que llevaba tiempo buscando.
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Una alternativa a la competición
Otro aspecto que le atrajo desde el primer momento fue la ausencia de competición. Frente a otros deportes donde el objetivo consiste en imponerse al adversario, el Aikido le ofrecía un modelo completamente diferente. Nunca se sintió una persona especialmente grande ni poderosa físicamente, por lo que descubrió en esta disciplina una forma inteligente de aprender a defenderse. Lo verdaderamente importante, sin embargo, era que ese aprendizaje no implicaba dañar a los demás.
Después de más de cinco décadas de práctica afirma con orgullo que jamás ha tenido necesidad de lastimar a nadie. El Aikido le enseñó a proteger su propia vida, pero también a preservar la del otro cuando ello resulta posible. Esa filosofía sigue siendo, hoy en día, una de las razones fundamentales por las que continúa profundamente vinculado a este arte marcial.
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El encuentro con Yoshimitsu Yamada Sensei
Si existe una figura decisiva en la trayectoria de Peter Bernath, esa es sin duda Yoshimitsu Yamada Sensei. Lo conoció a finales de 1973, poco después de trasladarse al New York Aikikai, donde permanecería hasta 1980 antes de establecerse definitivamente en Florida.
Sus primeros recuerdos del dojo neoyorquino resultan especialmente llamativos. Tras la belleza del dojo de San Francisco, esperaba encontrar un lugar similar. Sin embargo, el New York Aikikai presentaba un aspecto muy distinto: paredes oscuras, escasa luz, un ambiente austero y un intenso olor a tabaco que contrastaba con la imagen idealizada que podía haberse formado.
Aquella primera impresión se completó con una escena casi cinematográfica. En la oficina se encontraban Yoshimitsu Yamada Sensei, Koichi Tohei Sensei, Seiichi Sugano Sensei, Yasuo Kobayashi Kanai Sensei y Nakazono Sensei compartiendo conversación entre humo de cigarrillos y vasos de whisky antes del comienzo del seminario. Lejos de desanimarle, aquella experiencia terminó despertando todavía más su curiosidad.
Cuando observó a Koichi Tohei Sensei realizar las técnicas sobre Bruce Bookman quedó absolutamente fascinado. Nunca había visto nada semejante. Aquel dinamismo, aquella precisión y aquella capacidad para mover el cuerpo humano superaban todo cuanto había conocido hasta entonces. Decidió quedarse. Y aquella decisión acabaría marcando el resto de su vida.
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Un maestro irrepetible
Cuando recuerda a Yoshimitsu Yamada Sensei, Peter Bernath no comienza hablando de su técnica. Lo primero que describe es su personalidad. Lo veía como un hombre extraordinariamente carismático, con una presencia que imponía respeto desde el primer instante. Poseía una potencia física impresionante, pero al mismo tiempo irradiaba cercanía, humanidad y compasión. Esa dualidad le impresionó profundamente.
Era capaz de mostrarse extremadamente exigente durante la práctica y, al mismo tiempo, mantener un extraordinario sentido del humor fuera del tatami. Disfrutaba haciendo bromas, creando un ambiente familiar y convirtiendo el entrenamiento en una experiencia compartida. Bernath explica que aquella combinación de firmeza y cercanía constituyó una de las grandes enseñanzas que recibió de su maestro.
Con el paso de los años, la relación entre ambos trascendió la de profesor y alumno. Llegó a considerarlo un verdadero miembro de su familia. No solamente le enseñó Aikido; también le mostró cómo construir amistades duraderas, cómo cuidar de una comunidad y cómo transmitir energía positiva a quienes le rodeaban.
Quizá una de las mayores virtudes pedagógicas de Yoshimitsu Yamada Sensei era que nunca pretendía crear copias de sí mismo. Le gustaba comparar a sus alumnos con un ramo de flores: todas son flores, pero ninguna es idéntica a otra. Del mismo modo, todos podían ser auténticos aikidokas sin necesidad de reproducir exactamente los movimientos del maestro. Lo importante era comprender el principio que había detrás de cada técnica y hacerlo propio.
Esa manera de enseñar marcó profundamente a Peter Bernath Shihan y continúa siendo, todavía hoy, uno de los pilares de su propia forma de transmitir el Aikido.
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La evolución de un arte vivo
Después de más de medio siglo sobre el tatami, Peter Bernath Shihan contempla la evolución del Aikido con la perspectiva que solo proporciona una vida dedicada plenamente a esta disciplina. Reconoce que el Aikido que conoció en sus primeros años era considerablemente más duro. Los maestros japoneses que llegaron a Estados Unidos transmitían un entrenamiento intenso, exigente y, en ocasiones, casi salvaje. Él mismo recuerda el New York Aikikai de aquellos años como una auténtica “jungla”, donde el aprendizaje pasaba por soportar una práctica extremadamente física y por descubrir las respuestas a través de la experiencia más que de las explicaciones.
Con el tiempo, sin embargo, tanto la práctica como la enseñanza fueron refinándose. Sin perder eficacia ni profundidad, el Aikido comenzó a prestar mayor atención a la comprensión de los principios que sustentan las técnicas. Ya no bastaba con repetir movimientos; era necesario entender por qué funcionaban.
Bernath considera que él mismo también ha recorrido ese camino. Si durante su juventud buscaba la potencia, hoy busca la precisión. Si antes predominaba la fuerza, ahora valora la economía del movimiento. La técnica madura cuando desaparece todo lo innecesario. Precisamente por ello afirma que actualmente ya no le interesa tanto el aspecto puramente combativo del Aikido. Esa faceta la aprendió hace décadas. Lo que realmente le emociona hoy es contemplar el instante en que dos personas conectan durante la práctica y dejan de enfrentarse para comenzar a moverse como una sola unidad.
Para él, ese breve instante de armonía constituye la verdadera esencia del Aikido.
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Las influencias de otros grandes maestros
Aunque Yoshimitsu Yamada Sensei fue la figura central de su formación, Peter Bernath reconoce la enorme influencia que ejercieron otros grandes maestros de la generación fundadora del Aikido fuera de Japón. Recuerda con admiración a Koichi Tohei Sensei, cuya forma de moverse le impresionó profundamente cuando apenas comenzaba a practicar. También destaca la importancia de Mitsunari Kanai Sensei, Kazuo Chiba Sensei, Akira Tohei Sensei, Seiichi Sugano Sensei y Shibata Sensei, con quien llegó a mantener una estrecha amistad debido a que ambos pertenecían a la misma generación.
Cada uno de ellos aportaba una sensibilidad distinta. Algunos destacaban por su enorme potencia; otros por su elegancia técnica o por su extraordinaria capacidad pedagógica. Lejos de considerarlo una contradicción, Bernath entiende que esa diversidad enriquecía el Aikido.
Una mención especialmente emotiva dedica a Nobuyoshi Tamura Sensei. Durante su primera visita a España, en 1995, tuvo ocasión de compartir con él numerosos momentos fuera del tatami y de recibir directamente sus técnicas como uke. Describe a Tamura Sensei como un maestro de apariencia frágil pero extraordinariamente eléctrico. Mientras que Yamada Sensei transmitía una sensación de enorme potencia física, Tamura parecía concentrar toda su energía en un instante brevísimo, casi como una descarga eléctrica que recorría todo el cuerpo.
Aquellas experiencias le confirmaron que no existe un único modo de expresar el Aikido. Cada gran maestro desarrolló su propia personalidad sin traicionar jamás los principios fundamentales del arte.
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Florida Aikikai y una vida dedicada a enseñar
A comienzos de los años ochenta, Peter Bernath emprendió una nueva etapa junto a su esposa, Penny. Con el apoyo directo de Yoshimitsu Yamada Sensei nació Florida Aikikai. El propio Yamada impulsó el proyecto proporcionando las instalaciones, los tatamis y todos los recursos necesarios para poner en marcha el dojo, mientras Bernath asumía su dirección y organización.
Poco antes, ambos habían creado también el Winter Camp, que con el tiempo acabaría convirtiéndose en uno de los encuentros internacionales de Aikido más importantes del continente americano.
Mirando atrás, Bernath reconoce que toda su vida adulta ha estado ligada a la enseñanza. Sin embargo, nunca ha entendido un dojo únicamente como un lugar donde aprender técnicas. Un dojo debe convertirse en una comunidad. Una familia. Un espacio donde personas de diferentes edades, profesiones y capacidades puedan crecer juntas.
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La eficacia del Aikido y las críticas actuales
En los últimos años el Aikido ha recibido numerosas críticas, especialmente desde algunos sectores vinculados a las artes marciales mixtas y a los deportes de combate. Peter Bernath conoce perfectamente ese debate y responde con absoluta serenidad. En su opinión, muchas de esas críticas nacen de observar únicamente la superficie del entrenamiento.
Explica que el Aikido no consiste en realizar grandes movimientos circulares porque sí. Esos desplazamientos amplios forman parte de un proceso pedagógico. Sirven para comprender las trayectorias, el equilibrio y la relación entre los cuerpos. Conforme aumenta la experiencia, esos movimientos se reducen progresivamente hasta convertirse en acciones extremadamente pequeñas y eficaces. Recuerda además una conocida afirmación de Morihei Ueshiba, O’Sensei, según la cual el Aikido es “99 % atemi”. Con ello pretende subrayar que detrás de la aparente suavidad existe siempre la posibilidad real de neutralizar un ataque de forma inmediata. Sin embargo, el objetivo no consiste en destruir al adversario. Precisamente la grandeza del Aikido reside en que ofrece la posibilidad de controlar una situación evitando, siempre que sea posible, causar daños irreparables.
Para Bernath, la verdadera eficacia no consiste en demostrar quién golpea más fuerte, sino en ser capaz de resolver un conflicto con el mínimo nivel de violencia necesario.
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Construir un buen Aikido
Preguntado por los fundamentos que permiten desarrollar un alto nivel técnico, Bernath no habla de técnicas concretas. Habla del cuerpo. Explica que el practicante debe aprender a utilizar todo su cuerpo como una única estructura, desarrollando equilibrio, estabilidad, control del espacio, sensibilidad, oportunidad y fluidez.
Solo cuando todos esos elementos comienzan a integrarse aparece un movimiento natural, libre de tensión y de pensamiento consciente. Ese proceso requiere miles de horas de práctica. También insiste en el enorme valor de los seminarios. Entrenar con personas diferentes obliga a adaptarse continuamente, a descubrir nuevas perspectivas y a comprender que un mismo principio puede expresarse de múltiples maneras.
En el fondo, afirma, el Aikido consiste en transformar dos fuerzas enfrentadas en un único movimiento. Ese principio no solo resulta válido sobre el tatami. También puede aplicarse a la comunicación, a los conflictos cotidianos y a las relaciones humanas.
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La importancia de las armas
Otro aspecto que considera inseparable del Aikido es el trabajo con armas tradicionales. Para Peter Bernath, utilizar el bokken o el jo no significa aprender disciplinas distintas. Los principios son exactamente los mismos.
Las armas ayudan a comprender las distancias, el momento adecuado para actuar, la colocación corporal y la relación espacial entre los practicantes. Recuerda que Morihei Ueshiba comprendió profundamente la conexión existente entre la esgrima tradicional japonesa y el Aikido, integrando esos principios en el desarrollo del arte.
Conceptos como el shikaku, la capacidad de abandonar la línea de confrontación para situarse en una posición ventajosa, adquieren especial claridad cuando se trabajan con armas y posteriormente se trasladan a la práctica a manos vacías.
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Educar personas antes que luchadores
Uno de los aspectos sobre los que Bernath reflexiona con mayor entusiasmo es la educación. Está convencido de que el Aikido ofrece a niños y adolescentes herramientas extraordinariamente valiosas para afrontar la vida. Naturalmente aprenden a moverse mejor, desarrollan coordinación, equilibrio y confianza corporal, pero los beneficios no terminan ahí.
Aprenden también que un conflicto no tiene por qué resolverse mediante la violencia. Descubren que es posible mantener la calma bajo presión, controlar las emociones y actuar con responsabilidad. En una época donde muchas actividades deportivas se centran exclusivamente en ganar, Peter Bernath reivindica el enorme valor educativo del Aikido. No pretende formar personas agresivas. Pretende formar personas más humanas. Personas capaces de dominarse antes de intentar dominar a los demás.
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Una respuesta para el mundo actual
Vivimos en una sociedad marcada por la prisa, el estrés permanente y la dificultad para gestionar las emociones.
Frente a ese escenario, Bernath considera que el Aikido puede desempeñar un papel especialmente valioso. No promete soluciones milagrosas ni afirma que el practicante vaya a convertirse en un monje zen. La vida continúa siendo complicada. Los problemas siguen existiendo. Sin embargo, la práctica constante enseña a respirar, a recuperar la calma y a observar las situaciones con mayor claridad antes de reaccionar impulsivamente.
Ese entrenamiento cotidiano permite desarrollar una mente más serena y una mayor capacidad para afrontar las dificultades. En cierto modo, explica, el Aikido ayuda a transformar el estrés en comprensión.
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Aprender durante toda la vida
Otro de los grandes valores del Aikido, según Peter Bernath, es que puede practicarse durante toda la vida. A medida que envejecemos cambian las capacidades físicas, pero también aumenta la experiencia.
El joven puede apoyarse en su fuerza y explosividad. El practicante veterano aprende a utilizar el momento preciso, la colocación y la sensibilidad. La técnica se hace más pequeña, más sutil y, paradójicamente, más eficaz.
Bernath considera especialmente importante el aprendizaje del ukemi. Saber caer correctamente constituye una habilidad que trasciende el tatami y puede resultar decisiva para conservar la autonomía durante la vejez. A sus más de setenta años continúa encontrando en el Aikido su principal forma de mantenerse física y mentalmente activo. No necesita complejos programas de entrenamiento complementario. Para él, el propio Aikido contiene todo lo necesario: movilidad, fuerza, coordinación, equilibrio, flexibilidad, respiración y concentración.
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El verdadero legado
Al finalizar la conversación, Peter Bernath Shihan deja una reflexión que resume toda una vida de práctica. Reconoce que a menudo los practicantes hablan demasiado de filosofía o de conceptos elevados. Él prefiere algo mucho más sencillo. Seguir sintiendo ilusión. Continuar emocionándose con el mundo que le rodea. Mantener viva la curiosidad.
El Aikido no eliminó sus defectos ni transformó mágicamente su personalidad. Sigue siendo un ser humano con virtudes y limitaciones. Pero sí le enseñó a conocerse mejor, a controlar sus impulsos y a comprender con mayor profundidad a quienes le rodean. Quizá esa sea la mayor enseñanza recibida de Yoshimitsu Yamada Sensei y de toda una generación irrepetible de maestros. Entender que el verdadero combate no consiste en vencer a otra persona. Consiste en aprender, cada día, a construir un poco más de armonía dentro de uno mismo y compartirla después con los demás…


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