Por Kwan Jang Nim José Luís Rueda Castaño (bibliografía)
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¿Qué es una fracción de segundo?
Una fracción de segundo es algo muy muy pequeño; es una parte de un segundo. Por ejemplo: El parpadeo de un ojo humano puede durar entre 0,1 y 0,4 segundos. Cuando nuestro cerebro da la orden de que una de nuestras manos se mueva puede ocuparnos entre 10 y 20 milisegundos y, por ejemplo, si la orden fuera a la pierna, podría ocuparnos un poco más: entre 20 y 30 milisegundos debido, principalmente a la distancia que debe recorrer el impulso nervioso.
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Bien, cuando una persona bien entrenada se enfrenta a una situación real en la calle, puede llegar a responder a un ataque prácticamente sin pensarlo y, a esto, vamos a dedicar este artículo:
En las artes marciales, y especialmente cuando hablamos de defensa personal, entrenamos para sacarle el máximo provecho a esas fracciones de segundo. Una agresión no concede tiempo para reflexionar y buscar la técnica adecuada o recordar lo aprendido. Todo ocurre demasiado deprisa. La decisión, el movimiento y la respuesta deben aparecer casi al mismo tiempo que el ataque. Veamos las fases en las que sucede todo:
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1. “Recepción del estímulo”: A través de la vista y/o del oído se recibe una señal. Un estímulo visual “normal” puede tardar en convertirse en reacción entre 200 y 240 milisegundos. Cuando el estímulo es auditivo algo menos: entre 150 y 180 milisegundos. La respuesta de una persona bien entrenada se puede reducir hasta poco más de los 100 milisegundos.
2. ¿Qué ocurre?: El cerebro interpreta lo que está ocurriendo y, en milésimas de segundo, se va a nuestros archivos, abre las carpetas que él estima estrictamente oportunas y empieza a decidir cómo hacer valer los entrenamientos y las repeticiones.
3. Toma de decisión: En base a eso, y (más o menos) condicionado por el estrés y la incertidumbre que la situación genera, elige una respuesta sacándola de las catacumbas de nuestra “memoria mecánica”.
4. Dar la orden: Envía la orden al aparato músculo-esquelético a una velocidad que, para un humano no entrenado, es casi ciencia ficción.
5. Acción: Los músculos reciben la señal y comienzan a contraerse.
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Podríamos resumir mucho todo lo anterior con una frase: Nuestra reacción ante una agresión ya iniciada no va a depender de cómo pensamos, sino de cómo hemos entrenado. Hasta el punto de que podemos “entregar” una respuesta antes incluso de que el agresor haya iniciado su primer movimiento.
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En una situación de estrés extremo, la mente consciente pierde protagonismo. La sorpresa, el miedo y la descarga de adrenalina reducen nuestra capacidad para analizar la situación con calma. El cuerpo busca soluciones conocidas y hace valer todo aquello que, a través del entrenamiento repetitivo, hemos convertido en movimientos naturales.
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Por eso, en el combate no aparece un practicante nuevo. No surge una versión más rápida, más fuerte o más inteligente de nosotros mismos. Aparece “el guerrero” que el entrenamiento ha construido. Una situación real no pone a prueba lo que sabemos; pone a prueba aquello que somos capaces de hacer antes de tener tiempo para pensar.
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No obstante, el entrenamiento no nos convierte en inmunes al miedo ni a la sorpresa. Durante una agresión, nuestro organismo reaccionará como el de cualquier ser humano. La diferencia es que un buen entrenamiento acorta el tiempo que tardamos en recuperar el control y aumenta la probabilidad de que nuestra primera respuesta sea útil en lugar de improvisada.
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Pero, ¿Qué puede ocurrir a nivel biológico en esos primeros “compases” de una situación violenta para que hasta los más entrenados puedan llegar a quedarse bloqueados algunos instantes? ¿Puede haber un enemigo mayor que el propio agresor? Lo veremos en la segunda parte…