Por Emilio Pérez
Instructor principal en Wing Chung Kung Fu Almería
Alumno de Sifu Li Hang Cheong en Almería
kungfualmeria.es
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En esta segunda parte de la conversación, Hang Cheong profundiza en el verdadero corazón del Ving Tsun: la ética, la filosofía y el legado humano transmitido por Wong Shun Leung. Más allá del combate y la efectividad técnica, el Sifu hongkonés reflexiona sobre la figura paternal de su maestro, el dolor de su pérdida y la responsabilidad de mantener viva una tradición basada en la lógica, la rectitud y la transmisión sincera del conocimiento marcial…
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Al día siguiente, usted acudió al Kwoon con el orgullo propio de un joven que acaba de validar su efectividad en un combate real. ¿Cómo reaccionó Wong Shun Leung al escuchar la noticia?
Al día siguiente entré a la escuela sintiéndome muy seguro de mí mismo y le reporté a Sifu que había tenido un enfrentamiento contra un boxeador occidental de gran tamaño. Sifu me escuchó con atención, mantuvo una leve sonrisa y me hizo una pregunta aparentemente simple: ¿Ganaste o perdiste?.
Yo me detuve un instante y le respondí con total sinceridad: Sifu, realmente no lo sé. Al escucharme, su rostro adoptó una expresión llena de escepticismo y me cuestionó: ¿Cómo es posible que hayas tenido una pelea y no sepas cuál fue el resultado?
Comencé a detallarle minuciosamente el desarrollo del combate en la pista de baile. Mientras yo hablaba, uno de mis Sihing que estaba cerca entrenando intervino en la conversación: Sifu, el boxeador bajó las manos y se rindió usando como excusa la falta de aire. Eso significa que nuestro hermano menor ganó de forma limpia; el otro tiró la toalla. Mi Sifu ignoró por completo la interrupción del hermano mayor. Mantuvo sus ojos fijos en mí, conservando esa sonrisa enigmática, y me lanzó la verdadera pregunta: Dime una cosa, Hang Cheong: una vez que la pelea terminó, ¿le diste la mano a tu compañero?
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Sifu Li Hang Cheong.
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Esa pregunta cambió por completo las reglas del juego para ti.
Me quedé completamente congelado, sumido en un silencio absoluto que duró varios segundos. En ese breve lapso de tiempo, sentí una profunda iluminación interna. Comprendí que para mi Sifu, el resultado técnico del combate (quién había conectado el último golpe o quién ostentaba la superioridad física) carecía por completo de valor real. La victoria o la derrota táctica son circunstancias efímeras y secundarias; el verdadero núcleo de un artista marcial radica en cómo gestionas el resultado, cómo tratas al ser humano que tienes enfrente y cómo preservas tu integridad y caballerosidad tras el conflicto.
Sifu no me sermoneó con un discurso moralista, ni recurrió a citas grandilocuentes. Utilizó una sola pregunta cotidiana para forzarme a descender a las profundidades de la ética marcial. A partir de esos segundos de silencio, mi forma de entrenar cambió para siempre. Dejé de ver el Ving Tsun como una mera herramienta de destrucción callejera y empecé a escudriñar la sabiduría y la filosofía que subyacen detrás de cada estructura. Descubrí que, aunque los movimientos del estilo parecen sencillos y directos, cada detalle técnico es la sedimentación de más de mil años de cultura, estrategia y filosofía china antigua.
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Esa visión integral transforma la escuela marcial en algo que trasciende el ámbito deportivo. ¿Cómo era la estructura humana dentro del Kwoon?
Para comprender la atmósfera de Nathan Road, hay que entender los cimientos de la cultura tradicional del sur de China, fuertemente arraigada en los valores de la piedad filial y la fraternidad confuciana. El Kwoon no era un negocio donde pagabas por un servicio; era una familia unida por la sangre marcial. Nuestro Sifu no era un instructor; era la figura paterna de la escuela.
Dentro de esa estructura, la transmisión del conocimiento se realizaba mediante el apoyo mutuo. Mis Sihing (hermanos mayores) jamás me ocultaban información; compartían sus manos conmigo en el Chi Sao de forma generosa, guiándome y corrigiendo mis desviaciones con una paciencia infinita. Así funciona esta sagrada tradición: el Sifu planta la semilla en los estudiantes, estos maduran con los años y asumen la responsabilidad de transmitir su experiencia a los hermanos menores (Sidai) y a los jóvenes que van ingresando. Es una cadena de custodia ininterrumpida que atraviesa las generaciones. Sifu jamás nos gritaba, jamás alzaba la voz para humillar o reprender a un alumno. Su autoridad era tan natural que recurría al humor, a la ironía sutil y a los apodos afectuosos para corregir nuestros defectos de carácter.
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¿Recuerda alguna lección técnica específica de Wong Shun Leung que sintetizara esta unión entre ciencia, lógica y fluidez?
Hubo un día en particular que se me quedó grabado a fuego en la memoria, y es una lección técnica que jamás olvidaré. Yo tenía una duda y me acerqué a Sifu para preguntarle: Sifu, ¿qué pasa si estás atacando y el oponente te empuja la estructura del puño hacia uno de los lados, desviando tu trayectoria?
Sifu se me quedó mirando y, al no entender muy bien a qué me refería con la pregunta teórica, me pidió que se lo mostrara físicamente. Me dijo: Muéstramelo.
En ese momento me puse frente a él para escenificar la situación. Pero en cuanto cruzamos las manos y se la empujé, pude comprobar la realidad del Ving Tsun de una forma fulminante. Sifu no me dio una explicación hablada; me demostró con el cuerpo que no importa en absoluto hacia dónde se dirija la fuerza del oponente ni qué haga con nuestra estructura. Independientemente de la energía que use el rival, nunca debemos perder el objetivo principal, que es ir a por él, ir a por su cuerpo, no quedarnos peleando contra sus manos.
La contundencia física con la que me respondió en ese segundo, la presión implacable y directa hacia mi centro que sentí en mi propio cuerpo, es algo que no olvidaré jamás en la vida. Fue una lección viva de lo que significa la verdadera eficacia del sistema.
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Sifu, has dicho que Wong Shun Leung fue como un padre para ti. Sabiendo cómo era tu vida en la calle en esa época, ¿qué significó él realmente para ti a nivel humano?
Significa la diferencia entre el hombre que soy hoy y el destino trágico en el que pude haber terminado. Hay una realidad de mi vida privada que comparto con mucha solemnidad: yo provengo de una familia monoparental. Fui criado de forma exclusiva por los sacrificios de mi madre. En toda mi existencia, en todos mis recuerdos de infancia y juventud, no poseo ni una sola fotografía de mi padre. Su figura simplemente no existió para mí; fue una ausencia absoluta.
Al alcanzar la adolescencia en un entorno tan hostil como el Kowloon de los 70, me encontré en una encrucijada sumamente peligrosa. Carecía por completo de un referente masculino digno, de un modelo a seguir que me enseñara los códigos de la madurez o cómo convertirme en un hombre de provecho. Estaba en una posición de extrema vulnerabilidad, donde mi destino podía inclinarse fácilmente hacia la delincuencia o la destrucción. Era un chico de la calle que drenaba su frustración metiéndose en problemas y peleando constantemente en los callejones… hasta que la vida me otorgó la inmensa fortuna de cruzarme con mi Sifu.
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Es increíble cómo un sitio tan duro, a base de sudor y disciplina, terminó siendo lo que te centró y te salvó de acabar mal.
La grandeza de Wong Shun Leung radicó en que jamás utilizó la imposición autoritaria conmigo. Él sabía perfectamente de dónde venía yo y la agresividad que cargaba en mis hombros; sin embargo, jamás se sentó a recitarme sermones moralistas ni a imponerme prohibiciones estrictas de “no debes hacer esto” o “tienes prohibido aquello”. Nunca me trató como a un criminal o un caso perdido.
En lugar de coartar mi libertad, hizo algo mucho más elevado: me enseñó a pensar por mí mismo. Me otorgó las herramientas de la lógica y la introspección para que fuera yo quien evaluara las consecuencias de mis propias acciones. Me trató en todo momento con una caballerosidad, una dignidad y una bondad infinitas. En aquellos primeros años de juventud, yo era demasiado inmaduro para comprender qué opinaba él de mí o cómo me evaluaba internamente; pero con su ejemplo diario, su rectitud inquebrantable y su guía silenciosa, fue ocupando de forma orgánica el vacío de la figura paterna en mi mente y en mi vida. Él sanó esa carencia de mi infancia. No me enseñó solo a golpear; me guió para transformarme en un hombre íntegro, en un caballero capaz de sostenerle la mirada a cualquiera con la conciencia limpia. Siempre que hacía a Sifu una pregunta, él me devolvía tres preguntas para mí!
Hoy en día, en mi madurez, me descubro a cada instante tomando decisiones cotidianas bajo el filtro de su influencia. Sigo su lógica pragmática frente a las dificultades. Aplico su teoría analítica ante los dilemas. Defiendo su sistema de valores. Mi lealtad hacia él va mucho más allá de repetir sus secuencias técnicas sobre el suelo de un Kwoon; se trata de caminar por el mundo honrando los principios de honestidad y rectitud que él sembró en mí. No tuve un padre biológico que esculpiera mi carácter, pero el destino compensó esa ausencia otorgándome al maestro más grande de la historia. Mi vida actual es simplemente el intento diario de seguir fielmente sus pasos.
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Sifu, para ir cerrando la entrevista, tenemos que hablar del golpe más duro: el día que se fue tu Sifu. ¿Cómo viviste aquel día?
Es un recuerdo de una textura tan nítida que el paso de las décadas no ha logrado atenuar su dolor. Sucedió en enero de 1997. En aquellos días, Sifu se encontraba ingresado en el hospital en un estado de extrema gravedad tras sufrir un accidente cerebrovascular. Al ser uno de los discípulos de confianza, yo tenía las llaves físicas de la escuela de Nathan Road y asumí la responsabilidad de acudir cada mañana a abrir las puertas para que el Kwoon mantuviera su actividad y su disciplina habituales en honor a él.
Aquel día en particular, a media tarde, me encontraba completamente solo en las instalaciones. No había acudido ningún alumno a la sesión matutina. Para acortar la monotonía del silencio, me senté en la recepción y utilicé el teléfono de la escuela para sostener una conversación trivial con unos amigos. Recuerdo que pasé un largo rato conversando, con la mirada perdida a través de los amplios ventanales del gimnasio, contemplando el fluir caótico y ruidoso del tráfico y de los peatones.
En el instante preciso en que colgué el auricular para dar por terminada la llamada, el teléfono volvió a repicar. Al segundo siguiente. El timbre de la línea fija resonaba con una potencia ensordecedora en medio de la escuela desierta. Me quedé mirándolo, dubitativo, y el aparato continuó sonando de forma ininterrumpida durante casi cinco minutos antes de que me decidiera a levantar el receptor. Al aproximarlo a mi oído, una voz rota me comunicó la noticia que detuvo el eje de mi mundo: ¿Te has enterado? Tu Sifu acaba de fallecer hace unos instantes en el hospital.
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Debe de haber sido una experiencia desoladora asimilar la pérdida en la más absoluta soledad del Kwoon.
Mi mente entró en un estado de conmoción técnica, un shock absoluto que bloqueó mis emociones. Me quedé completamente petrificado en la silla. Mi primer impulso irracional fue cerrar todo a toda velocidad, echar el cerrojo de la escuela y salir corriendo a la calle para contactar a mis hermanos, para avisar a toda la familia marcial de que nuestro pilar se había derrumbado. Me desplacé de inmediato al hospital para presentar mis respetos ante su cuerpo.
Sin embargo, en ese momento ocurrió algo que siempre me ha parecido sumamente extraño: mientras contemplaba su cuerpo inerte en la sala del hospital, mis ojos se mantuvieron completamente secos. No derramé ni una sola lágrima. El impacto psicológico era de tal magnitud que mi cerebro fue incapaz de procesar la irreversibilidad de la muerte. El dolor estaba encapsulado bajo la anestesia del shock.
Fue al día siguiente cuando el velo se rasgó. Regresé a mi rutina, me encontré solo en mi espacio privado, sin nadie a mi alrededor que pudiera observarme, y en ese instante de absoluto silencio, la realidad me golpeó con la fuerza de un impacto pleno en el rostro. Rompí a llorar sin ningún tipo de contención. Las lágrimas brotaron desde lo más profundo de mi ser al comprender que el hombre a quien había seguido con devoción filial durante tantos años, el maestro de quien había absorbido cada bocado de sabiduría, se había marchado para siempre. Mi guía se había disuelto en la historia. En medio de ese llanto solitario, me encontré cara a cara con una pregunta que me helaba la sangre: «¿Y ahora qué voy a hacer con mi existencia?».
Miré al vacío de mi habitación, me sequé las lágrimas y, con determinación, me hice una promesa inquebrantable a mí mismo y a la memoria de mi maestro: Tengo la obligación moral de continuar con su sistema. Debo llevar su Ving Tsun hacia el futuro. Tengo que consagrar mi vida a transmitir exactamente lo mismo que él hizo por mí; mantener vivo el legado que rescató a aquel chico violento de la calle y lo transformó en un hombre de honor.
Comprendí en ese instante de dolor que mi periodo como receptor de segunda o primera mano había concluido de forma definitiva; el destino me exigía convertirme en un emisor primario. Tenía la responsabilidad histórica de mostrarle al mundo, y en especial a las nuevas generaciones de jóvenes, que el Ving Tsun de Wong Shun Leung es una tradición maravillosa y un arte marcial de una eficacia científica sin parangón. Es una herramienta perfecta para el combate y la preservación física, pero por encima de todo, es una estructura de pensamiento lógico, una disciplina mental y una brújula de rectitud moral para transitar la existencia.
Guiado por ese juramento y por el deber absoluto de que el fuego jamás se extinguiera, asumí mi herencia, asumí las palabras que él mismo sembró en mi mente en la solemnidad de su tumba, y di el paso definitivo para iniciar mis clases en la primavera de ese año. Desde ese instante hasta el día de hoy, mi vida no tiene otro propósito que cumplir con esa palabra. Su ciencia sigue viva en mis manos, y su rectitud sigue guiando mi corazón.
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Sifu, acabas de regresar de tu viaje por Europa, donde has estado el pasado mes de mayo dando seminarios y entrenando con nosotros en España y Bélgica. ¿Qué balance haces de esta experiencia y cómo valoras el nivel de los entrenamientos allí?
Para todo el mundo, esto debería ser el comienzo de un viaje, no un final.
El desarrollo del Ving Tsun en Occidente ya supera el medio siglo. En el siglo pasado, los predecesores y pioneros llegados de Oriente –incluyendo a mi Sifu, Wong Shun Leung– formaron y vieron crecer a muchos instructores excelentes de Ving Tsun en Occidente, y esos instructores, a su vez, han dado paso a una nueva generación de entrenadores sobresalientes.
Hoy en día en Europa, esta nueva generación de entrenadores trabaja incansablemente para seguir estudiando, perfeccionándose y fortaleciéndose. Sus métodos de enseñanza están llenos de creatividad y vitalidad, buscando siempre el progreso. Se sienten profundamente atraídos por las técnicas de combate simples y directas del Ving Tsun, así como por sus habilidades de ataque y defensa prácticas y efectivas.
Ellos aman el Ving Tsun. Durante muchos años han aprendido de diferentes instructores, asistiendo constantemente a clases, recibiendo formación y absorbiendo experiencias de Ving Tsun provenientes de todas partes del mundo. Sus instructores también han enseñado con dedicación, contribuyendo fielmente con valiosas habilidades y conocimientos para la siguiente generación, ayudándoles a convertirse en los nuevos entrenadores de hoy.
Sin embargo, tras un largo período de duro entrenamiento, ellos mismos me han confesado que, de manera sutil, se dan cuenta de que parece haberse roto cierta coherencia entre las técnicas y las habilidades. Detrás de los movimientos, existe una vaga sensación de confusión, como si faltara algo. ¿Se habrán dejado de lado algunos detalles importantes?
El Ving Tsun tiene una característica especial: es capaz de abrazar todas las cosas, diseñando un estilo a la medida de cada individuo según su propio carácter, sin poseer un formato rígido o encorsetado. Cada persona es única, no existe una igualdad absoluta.
Comprendo que aprender de diferentes fuentes permite entender el arte desde distintos ángulos. Sin embargo, si durante el proceso de aprendizaje se mezclan demasiados estilos diferentes, el contenido aprendido se vuelve fragmentado. Los conceptos no logran generar una coherencia efectiva entre sí e incluso existe el riesgo de que surjan contradicciones. Esto provoca que uno se distancie cada vez más de las ideas y principios originales del Ving Tsun, tomando muchos caminos desviados e innecesarios.
He notado que muchas personas, durante su proceso de práctica, a menudo se limitan a entrenar únicamente los movimientos físicos sin entrenar al mismo tiempo los conceptos que hay detrás de ellos; sus mentes están en blanco. Entiendo que todos esperan dominar los movimientos técnicos para poder aplicarlos y expresarse. Pero si solo hay una acción física y se carece del pensamiento conceptual y la mentalidad detrás de ese comportamiento, esto equivale, aproximadamente, a un cuerpo sin alma. Así es muy difícil alcanzar el nivel de la sabiduría.
En Oriente existe una antigua máxima: 知行合一 (La unión del conocimiento y la acción). Esto significa que las acciones propias de uno deben alcanzar una consistencia y armonía absoluta con el pensamiento y la razón.
El Ving Tsun nunca se ha centrado en técnicas hermosas, deslumbrantes o vistosas, sino que valora las técnicas prácticas: simples, directas, puras y sin adornos. Basándome en estos puntos clave, he compartido sinceramente mi conocimiento y lo que considero mejor, con el fin de complementar la sabiduría y el pensamiento del Ving Tsun que ya existían desde hace siglos, así como esos elementos técnicos tan finos que a menudo la gente pasa por alto con facilidad. El arte del Ving Tsun es meticuloso y preciso; todo reside en los sutiles detalles.
Los occidentales poseen cuerpos fuertes y una capacidad natural para el pensamiento lógico. Mi objetivo es inyectar un software de sabiduría en este excelente hardware. De este modo, ayudo a que todos generen la capacidad suficiente para conectar los diferentes ángulos, permitiéndoles construir una imagen tridimensional y completa del Ving Tsun.
Al ayudar a la gente a activar este software, he observado un progreso inesperado en todos. En el momento en que la mente lo comprende y lo asimila bien, la ejecución técnica muestra de inmediato un avance sorprendente. He podido sentir profundamente la alegría de todos ellos.
Este viaje por Europa ha durado más de medio mes. He vivido con ellos día a día, disfrutando de las comidas caseras que ellos mismos cocinaban y sumergiéndome profundamente en la cultura de la vida local. He sentido su profundo amor por la naturaleza, su admiración por la cultura, su actitud abierta hacia el conocimiento académico y su respeto por la civilización y la sabiduría humana.
Originalmente, quería escribir una conclusión simple para este viaje, pero me he dado cuenta de que esto no debe ser una conclusión, sino un prólogo. Espero con profundo anhelo volver a reunirme con todos la próxima vez, para seguir compartiendo nuestra pasión común en la vida… el Ving Tsun.
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[Final de la 2ª parte y última]