Texto elaborado por Luis Nogueira Serrano
Presidente European Bugei Society
Fûryûkan Bugei Dôjô
www.bugei.eu
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Como ya abordamos en el número 76 de El Budoka 2.0, comprender la equitación militar japonesa bajutsu exige desprenderse de las nociones ecuestres occidentales y situarse en la realidad morfofisiológica de las razas autóctonas o kokunaiuma (lit. caballos del propio país), tales como el kisouma o el dōsanko. Aquellas monturas de corta alzada, centro de gravedad bajo y notable rusticidad no eran meros medios de transporte, sino la plataforma viva sobre la que se erigió la casta guerrera medieval.
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En los periodos Heian y Kamakura, la identidad del samurai no se definía por la esgrima de espada, sino por el yumiya no michi (lit. la vía del arco y la flecha). La cúspide operativa y estilística de esta cultura marcial era el kishajutsu (lit. arte del tiro con arco a caballo), una disciplina en la que jinete y montura buscaban alcanzar el ideal de jinba ittai, jinete y caballo como un solo cuerpo. Sin embargo, lejos del misticismo romántico, el kishajutsu fue una compleja técnica y biomecánica donde la artesanía de los arreos y el aislamiento anatómico del tirador permitían transformar el galope en una plataforma de tiro sumamente estable.
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El equipo o bagu empleado en el tiro a caballo no estaba diseñado para la velocidad pura, sino para maximizar la estabilidad estructural del guerrero. El eje de este sistema era la kura, la silla de montar, una estructura rígida de madera lacada —frecuentemente de roble o ginkgo— que no se deformaba con el peso y distribuía la presión a lo largo del lomo del animal.
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La kura consta de cuatro componentes fundamentales:
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• zenkyō, arzón delantero: El puente anterior elevado que protege el bajo vientre y sirve de marco de referencia espacial.
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• shikyō, arzón trasero: El puente posterior que encierra la pelvis del jinete.
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• igi (lit. maderas de asiento): Los dos tablones longitudinales que descansan sobre los costados del caballo, distribuyendo la carga de forma uniforme.
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Directamente bajo la kura, el caballo era protegido mediante el shitakura, combinado con mantas gruesas texturizadas de cáñamo o fieltro como el hada-mushiro o el guni. Estas capas amortiguaban el roce directo de las bandas de madera y absorbían el sudor del animal. Para proteger los flancos del caballo del impacto de los estribos y de la sudoración, se suspendían los aorigaiko.
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El elemento revolucionario del kishajutsu residía en los tsubo-abumi (lit. estribos en forma de vasija) o musa-abumi (lit. estribos del guerrero). Fabricados en hierro o madera lacada, estos estribos presentan una base amplia y plana denominada tsubo. A diferencia de los estribos occidentales, diseñados para introducir únicamente la punta del pie, el tsubo-abumi acomoda la planta completa, ofreciendo una plataforma maciza indispensable para ejecutar la postura de tiro en suspensión.
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El fundamento técnico de la equitación militar se sintetiza en la gestión del kiza o postura sobre la montura. Un arquero montado no se mantiene sentado mientras aproxima la montura al objetivo. El traqueteo diagonal del galope transmitiría vibraciones insoportables a la columna vertebral y al equipo, haciendo imposible la precisión tanto en el disparo como en cualquier otra esgrima.
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Para disociar el movimiento del caballo del tren superior, el guerrero ejecuta la postura de tachiraza, denominada en diversas tradiciones como sukashi-nori. En el tachiraza, el jinete se eleva ligeramente de la kura apoyando su peso de forma dinámica sobre la base del tsubo-abumi.
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Esta postura exige tres ajustes anatómicos de estricto rigor:
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1. Aislamiento de las rodillas: A diferencia de la equitación clásica, las rodillas no se aprietan contra los costados del caballo; se abren ligeramente hacia afuera. Esto evita que los botes de la masa muscular del animal se transfieran al torso del guerrero.
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2. Amortiguación articular: Los tobillos y las rodillas actúan como un sistema de muelles que absorbe las oscilaciones verticales y laterales del galope.
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3. fumikomi: Aunque la planta del pie ocupa la base del estribo, el peso corporal se desplaza conscientemente hacia el metatarso. Desde esa posición, los dedos del pie ejecutan una acción activa de “agarre” sobre la superficie del tsubo, tensionando los tendones de las pantorrillas y consolidando un anclaje inamovible.
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Gracias a este esquema geométrico, el tren inferior actúa como un chasis independiente, mientras que el tronco, las caderas y los brazos flotan con serena estabilidad, manteniendo la línea de visión fija sobre el blanco.
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La destreza necesaria para abrir el arco al galope no se improvisaba sobre el animal. El aprendizaje comenzaba en tierra mediante el mokuuma o mokuba 木馬 (lit. caballo de madera), una armazón estática que reproducía las dimensiones y la altura de la montura con su respectiva kura. En el entrenamiento moderno, esto se complementa en ocasiones con el kikai-uma, dispositivos que simulan el ritmo del trote y del galope para mecanizar la extracción y el encordado de las flechas sin alterar el equilibrio del torso.
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El procedimiento para armar el arco en pleno galope se basa en la técnica de nukiya. En el contexto táctico, las flechas no se extraían de la espalda, sino que se llevaban dispuestas frontalmente en el uwaobi o en el ebira, el carcaj rígido de cadera. La mano derecha buscaba el vástago cerca del encordado mediante un movimiento fluido y ciego, sin desviar jamás la mirada de la pista o del enemigo. La extracción se ejecutaba hacia abajo y hacia el lateral, evitando cortar la vestimenta o el cinturón con la punta.
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Inmediatamente después, se ejecutaba el yatsugae, el encordado de la flecha, pasando la flecha por el lado derecho del arco yumi. A diferencia de la apertura ceremonial de pie en la que se realiza el uchiokoshi, en la que el arco se eleva ampliamente por encima de la cabeza, el tiro ecuestre de combate exige mantener una apertura baja y cercana al cuerpo. Esta biomecánica reducida cumple una función defensiva primordial: al no elevar desmedidamente los codos, el guerrero evita exponer la zona del wakikae, un punto crítico vulnerable a las flechas enemigas o a las estocadas de las armas de asta.
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La culminación práctica del kishajutsu se estructuraba históricamente en tres grandes modalidades conocidas colectivamente como el kisha mitsumono, las tres disciplinas del tiro a caballo:
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• yabusame (lit. flujo de puntas de flecha a caballo): Hoy consagrada principalmente como ritual sintoísta de purificación y plegaria por la paz y las buenas cosechas, esta disciplina se ejecutaba originalmente sobre una pista recta de unos 250 metros denominada baba. En su recorrido, el arquero debía disparar de forma consecutiva a tres blancos cuadrados de madera itazakura, colocados a una distancia de entre 60 y 70 metros unos de otros. Esto otorgaba al jinete un margen de apenas cinco segundos entre disparo y disparo para extraer una nueva flecha del uwaobi y tensar el arco en plena carrera. Se empleaban flechas con punta de silbato o “cabeza de nabo” llamadas kaburaya.
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• kasagake (lit. tiro al sombrero de paja): Nacido como un ejercicio de adiestramiento militar eminentemente práctico, el kasagake rompía la rigurosidad geométrica del yabusame para simular las variables imprevisibles del combate real. Se realizaba en una pista más corta (de unos 109 metros) dividida en dos modalidades principales: el tiro largo tōkasagake, donde se disparaba a un único blanco circular de cuero situado a distancias de entre 11 y 22 metros; y el tiro corto kokasagake, en el que los blancos se colocaban a escasos metros de la valla y a ras de suelo, obligando al samurái a adoptar una flexión extrema hacia abajo para abatir a un adversario a pie.
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• inuōmono (lit. persecución de perros): Era el ejercicio táctico definitivo de simulación de combate y maniobrabilidad en grupo. Se desarrollaba en una arena circular o anfiteatro de aproximadamente 100 metros de diámetro delimitado por cuerdas. Varios jinetes agrupados en equipos perseguían objetivos móviles dentro del recinto. Para evitar daños letales, se utilizaban flechas con puntas de madera redondas y acolchadas denominadas hikime. Esta práctica exigía giros cerrados, sincronización táctica y la capacidad de disparar en un radio de 360 grados.
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Mientras que el yabusame goza de bastante fama y todavía se practica hoy en día a modo ritual, las otras modalidades son totalmente minoritarias o en desuso. Sin embargo, es precisamente en ellas donde subyace la verdadera esencia marcial del kishajutsu, donde ponemos nuestro interés.
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El dominio táctico del arquero montado se conceptualizaba bajo el término de happōbasha (lit. tiro en las ocho direcciones), que teorizaba la capacidad de disparar proyectiles hacia cualquier ángulo alrededor de la montura. Sin embargo, la biomecánica imponía restricciones físicas ineludibles: la dirección trasera derecha ushiro-migi era anatómicamente inviable, ya que cruzar el arco largo por encima del flanco derecho bloqueaba el rango del codo y del hombro, comprometiendo la estabilidad del jinete.
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Para sortear las limitaciones angulares y adaptar la postura a la línea de tiro, el arquero modificaba dinámicamente la posición de sus plantas sobre el tsubo-abumi:
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• fumikomi: Para la carrera recta y el tiro frontal maeya, el pie entero se asentaba con presión en el metatarso sobre la base del estribo, activando las cadenas musculares de la pantorrilla.
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• kakatofumi: Al ejecutar giros y disparos hacia atrás ushiroya, el jinete retrasaba el pie apoyando firmemente el talón, lo que elevaba la punta y transformaba el tobillo en un pivote rígido para rotar la pelvis sin perder el equilibrio.
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Asimismo, la física del impacto jugaba un papel crítico en el resultado del tiro. Si el arquero disparaba en diagonal hacia adelante, el vector de avance del caballo provocaba que la flecha incidiera de refilón, resbalando sobre la superficie de la tabla sin quebrarla. Para garantizar la fractura limpia del blanco de madera —considerada un augurio de certeza marcial—, el disparo debía ejecutarse con un leve retraso respecto al eje perpendicular, logrando que la flecha impactara con toda su energía cinética de forma estrictamente ortogonal.
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El kishajutsu representó la cúspide técnica y espiritual del guerrero aristocrático durante los albores del medievo japonés. Lejos de reducirse a una mera estampa de valor caballeresco, exigió el desarrollo de una sofisticada artesanía en los arreos, una rigurosa biomecánica de suspensión corporal en los estribos y una sintonía absoluta entre la voluntad del jinete y la respuesta de la montura.
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Con la transformación de los ejércitos masivos durante el sengoku jidai, el campo de batalla demandó nuevas respuestas tácticas, desplazando paulatinamente el protagonismo del arco solitario hacia el despliegue masivo de armas de asta, arcabuces y combate cuerpo a cuerpo sobre la montura. Este proceso evolutivo abrirá las puertas al estudio del bajō bugei, materia que abordaremos en nuestra próxima entrega para completar este itinerario integral de la equitación militar clásica.