Memorias de taisho (Capítulo 1º)

El iAikido nació de la guerra en tiempos de paz
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Por Miguel Labodía – David Labodía
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Soy taishō, comandante de los ejércitos de mi señor, y pronto me sumergiré en el Vacío. Lo sé con la misma certeza con que conocí, en otros tiempos, el instante exacto en que una flecha abandonaba mis dedos: hay un momento en que la tensión cesa y el vuelo comienza, y ninguna voluntad del mundo puede ya torcer su trayectoria. Así es la muerte. No me quejo. He vivido lo suficiente para saber que quejarse es la más inútil de las estrategias.
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Lo que sí me consuela es haber llegado a comprender, antes de que la vida me abandone, que todas las artes del combate que practiqué a lo largo de décadas confluían hacia un mismo cauce. Ese cauce tiene un nombre: el iAikido. Nació de la guerra en tiempos de paz, y en él reconozco hoy, desde esta orilla final, el culmen de una vida entera dedicada al combate. El resto de estas memorias es, en cierta medida, el relato de cómo llegué a él.
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Me llegan los recuerdos por oleadas, sin orden ni jerarquía, como suelen llegar las cosas verdaderas. Veo al niño que fui, miembro de un clan samurái, arrojándose contra sus iguales en combates que éramos demasiado jóvenes para comprender, pero no para sentir. La furia era entonces limpia, sin cálculo, y yo regresaba al hogar con el orgullo intacto, algún dolor honesto y tal vez un rastro de sangre en los nudillos. Nadie me había enseñado aún que el dolor y el orgullo son, con frecuencia, la misma cosa vista desde ángulos distintos. Después vino el aprendizaje, que es otra forma de la infancia.
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El kyujutsu —el arco largo— fue mi primer maestro severo: durante horas infinitas flechas se deslizaron entre mis dedos hasta que el gesto se convirtió en algo anterior al pensamiento. Aprendí que tensarlo con fuerza es fácil; liberar suavemente su potencia, eso cuesta años. El caballo llegó después, el bajutsu, y con él comprendí que hay formas de unión entre criatura y criatura que no requieren palabras: lo guiaba sin riendas, soltaba flechas al trote, y en aquellos instantes éramos, caballo y yo,una sola cosa en movimiento. El kenjutsu no me enseñó a manejar un sable; me enseñó que el sable y yo éramos, en el mejor de los momentos, una misma intención. El sojutsu —la lanza, más rectilínea y punzante— me recordó que un bushi que descuide algún arte del combate no es un guerrero: es un hombre con pretensiones. El jujutsu, la lucha con las manos desnudas, me reveló que el cuerpo humano es un arma de una perfección inquietante cuando se lo somete a la voluntad. Todas estas disciplinas fueron estaciones de un mismo viaje cuyo destino yo aún no era capaz de vislumbrar.
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Aprendí también las reglas del shogi, el Juego de los Comandantes, y comprendí que aquello no era un juego sino una gramática: todo taishō debe dominar la visión de conjunto, la táctica, la comprensión de los miedos que acechan al corazón de los hombres. Todos somos, de alguna manera, piezas en un tablero que no alcanzamos a vislumbrar del todo. El campo de batalla real llegó sin aviso y sin grandeza: la sangre no tiene el color de los relatos, y los gritos de los hombres que no verán de nuevo el sol tienen una calidad que ningún entrenamiento prepara. Aprendí a convivir con ese sonido, no a ignorarlo, sino a habitarlo, que es distinto. Los mosquetes teppō , que llegaron con los comerciantes europeos, eran ruidosos, lentos y nada nobles, pero mi señor no erraba al insistir en usarlos: la nobleza de un arma no tiene relación con su eficacia, y un taishō que prefiere el gesto elegante a la victoria ha elegido mal su oficio.
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También conocí, en carne propia, las tácticas que había visto primero sobre el tablero de shogi: el espionaje, el veneno, la traición. Mi señor, invencible en el campo abierto, sucumbió en el combate sordo de la confianza excesiva. Cierto, se quitó la vida con su propia mano en ese acto terrible y valiente que aquí llamamos seppuku. Al traidor lo perseguí sin cuartel. Eso es otra historia, pero tiene su lugar en ésta, porque forma parte de lo que soy. Conocí también a los guerreros shinobi, que no aparentaban serlo —un anciano inofensivo, una mujer afanosa, un niño débil— y eran capaces de matar a un guerrero fuerte mediante un golpe a traición, y de ir voluntariamente al encuentro con la muerte antes que revelar sus secretos. De ellos aprendí que el peligro no tiene forma fija.
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Y entonces llegó la paz. Un gran comandante ganó la última batalla y, ya como shogun, organizó el nuevo Japón bajo una sola insignia, un único mon. Los bushi colgamos las armaduras. Éramos guerreros sin guerra, lo cual es, si se piensa bien, la condición más extraña que puede habitar un guerrero. Fue entonces cuando llegué al umbral de lo que no sabría clasificar del todo, y que resultó ser lo más importante.
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Los nuevos tiempos trajeron consigo una amenaza que las armaduras no podían resolver: el ataque por sorpresa en tiempo de paz. ¿Qué puede hacer un bushi cuando un hombre cualquiera se abalanza sobre él de improviso, le aferra el brazo diestro con sus manos y le impide siquiera tocar la empuñadura de su katana? La solución no era la que el instinto dicta —enfrentar fuerza contra fuerza—, sino algo de una lógica más sutil y más profunda: pivotar sobre el propio brazo sujetado, usar la presa del atacante como punto de apoyo, convertir su agarre en la palanca de su propia derrota. En ese giro, el encuentro de la mano propia con la empuñadura del sable, el acto de desenvainar y el corte ocurren en una única acción continua, indivisible, sin pausa entre el pensamiento y el filo. Un solo movimiento donde antes había tres.
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Pero, la técnica sin la mente no es más que un gesto vacío, y la mente sin la técnica es solo intención. Lo que el maestro de armas nos reveló era algo anterior a ambas: el concepto I , la presencia plena del ser antes de que nada ocurra. Los antiguos lo habían formulado en la frase: Tsune ni ite, kyu ni awasu —Hagamos lo que hagamos y estemos donde estemos, debemos estar preparados para reaccionar ante lo inesperado—. El I no es vigilancia tensa ni mirada nerviosa: es la unidad interior del guerrero consigo mismo, el ser habitando su propio centro con total integridad, disponible para la acción sin precipitarse hacia ella. Es la cuerda del arco en reposo, que ya contiene la flecha.
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De ahí surgió la exigencia más alta: el mushin, la mente sin mente. Cuando la maestría es completa, no existe intervalo entre la percepción y la respuesta; el cuerpo reacciona antes de que la mente haya formulado la orden, porque la mente y el cuerpo han dejado de ser dos cosas. No hay pensamiento previo al gesto: hay solo el gesto, puro y necesario como la respiración. Quien todavía piensa en pivotar, en desenfundar, en cortar… ya ha tardado demasiado. El atacante que sujeta el brazo no deja tiempo para la deliberación; solo deja tiempo para que el ser entero, sin fisura entre intención y acto, fluya en la única armoniosa dirección posible. Esto es lo que distingue al iAikido de un mero sistema de combate: no enseña movimientos, enseña a habitar el instante.
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Poco a poco aquella técnica se transformó en algo mayor que sí misma: un camino en el que no podías verte limitado por ninguna emoción negativa, en el que la pureza de espíritu era condición necesaria para esperar, sincronizar y responder. Nos fundimos, de forma sorprendente, con el espíritu del Universo. El iAikido nació de la guerra en tiempos de paz, y en él se cumplió lo que todas las artes anteriores habían prometido sin llegar a entregar nunca.
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Aprendí, experimenté y me equivoqué. Puse en juego mi vida y la conservé. Perdí, gané y volví a aprender. Y casi sin darme cuenta envejecí. Ahora, en estos postreros momentos, entiendo que el iAikido no fue el último arte que aprendí, sino el primero que comprendí de verdad. Me pregunto si la sabiduría no es simplemente el nombre que damos al cansancio que ya no duele, a la fuerza que ya no necesita oponerse. El Sol que da nombre a nuestro país seguirá saliendo por el Este cuando yo ya no esté. Eso me parece bien. Siempre me pareció un sol razonable.
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Taishō (大将) – Gran comandante. Término que designaba al comandante de un ejército o gran unidad en campaña, al servicio de su daimyō.
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I () – El I designa un estado interior y previo a la acción: es la unidad del ser consigo mismo, la presencia plena de la voluntad antes de que ocurra nada.
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Aiki (合気) se compone de dos ideogramas con siglos de historia filosófica que en la práctica marcial consiste en unirse a la fuerza del oponente para redirigirla: es el arte de alcanzar la paz sin necesidad de destruir.
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Mushin (無心) – Mente sin mente. Estado en el que no existe intervalo entre la percepción y la respuesta: el cuerpo actúa antes de que la mente delibere.
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Zanshin (残心) – Mente restante. Conciencia o alerta relajada que se mantiene antes, durante y después de la acción, dispuesta para reaccionar en cualquier momento.


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