Mi Wing Chun, mi verdad

Por Nino Bernardo (entrevista)
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Soy el clásico tipo del Wing Chun. Todos los demás tienen la versión equivocada. Pasé la mayor parte de mi vida convencido de que eran los otros quienes estaban equivocados. Con el tiempo me cansé de quedarme al margen y decidí que quizá lo mejor era estar equivocado como todo el mundo.
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Mi Sifu entendía el combate acompañado de una pizca de filosofía y de la antigua sabiduría china.
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Cuando un luchador (mi maestro) enseña a un cobarde (yo) a pelear, el cobarde aprende. Naturalmente, aprende porque esa es precisamente la razón por la que está allí. Escucha con atención, absorbe cada enseñanza, pero la hace suya con el corazón de un cobarde. Presta atención, trabaja con empeño y, sin proponérselo, acaba convirtiéndose en alguien peligroso.
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Sin embargo, ser peligroso no basta para alcanzar el resultado ideal. Al cobarde le llevó décadas descubrir que faltaban otros ingredientes fundamentales: la inteligencia y la astucia.
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El Wing Chun equivocado es el que practico y el que enseño. Para mí tiene sentido, aunque entiendo que no es un camino para todo el mundo. Creo que la fórmula del cobarde inteligente, astuto y extremadamente peligroso es una fórmula sólida. Supongo que el cobarde podría sustituirse por el héroe o por cualquier otro arquetipo que la imaginación quiera crear. Los demás ingredientes seguirían siendo igual de esenciales.
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Una recaída en la estupidez puede borrar de un plumazo tanto la inteligencia como la astucia. Y la estupidez, por lo general, nace de la ira y del ego. Es precisamente entonces cuando somos más vulnerables. Pelearemos por un motivo que, más tarde, intentaremos justificar desesperadamente para evitar la vergüenza.
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La razón para luchar debe estar sólidamente fundamentada. El acto físico de combatir debe ser siempre el último recurso, reservado para cuando ya no exista ninguna otra alternativa. Todo lo que precede a una pelea constituye una experiencia cargada de emociones que inevitablemente influye tanto en nuestras decisiones como en nuestro comportamiento. Y el trauma que deja el combate tampoco desaparece sin consecuencias.
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Creo que el sistema nos proporciona el antídoto para comprender, gestionar y dominar todas estas situaciones. En mis seminarios he hablado de «entrar en pánico inteligentemente».
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¿Cómo puede la práctica de la primera forma ayudarnos a convertirnos en mejores luchadores? ¿Puede la práctica del Kungfu ayudarnos a convertirnos en mejores personas? Son preguntas que me hago con frecuencia y estoy convencido de que el sistema contiene las respuestas…


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