Por EL BUDOKA 2.0
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Salvador Herraiz (bibliografía) es una de las figuras más reconocidas en el ámbito del Karate tradicional, tanto por su trayectoria como practicante y maestro, como por su labor divulgativa y su profundo compromiso con la esencia original del Karate-Do.
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Durante un tiempo fue competidor, y más adelante árbitro y juez, aunque él mismo reconoce que nunca se ha sentido completamente identificado con la faceta deportiva del Karate. Sin rechazarla, siempre la ha entendido como un complemento, no como el objetivo principal. Su visión ha estado siempre enfocada en el arte marcial integral, en el Karate que forma no solo al cuerpo, sino también a la mente y al espíritu. Esa ha sido la base de los más de cuarenta años de enseñanza que ha dedicado a sus alumnos.
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S. Herraiz pertenece a esa generación de maestros veteranos que conciben el Karate-Do no como un deporte moderno, sino como un arte marcial tradicional, con raíces profundas en la cultura y la filosofía japonesa.
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Además de su labor pedagógica, Salvador ha sido un incansable divulgador del Karate tradicional. Ha escrito numerosos artículos, impartido conferencias y mantenido contacto directo con destacados representantes del mundo marcial, la aristocracia y el entorno federativo internacional. Su cultura, prestigio y capacidad comunicativa le han permitido establecer puentes entre Oriente y Occidente, siempre desde la humildad y el respeto.
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Salvador Herraiz
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Su figura representa un equilibrio ejemplar entre la tradición y la modernidad. Defiende la evolución del Karate sin renunciar a su espíritu original, recordando que el verdadero propósito de este arte no es ganar medallas, sino formar personas íntegras, disciplinadas y conscientes. Por ello no solo es un maestro del Karate: es, sobre todo, un Sensei en el sentido más profundo y humano del término.
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Salvador ¿Cómo fueron tus comienzos en el Karate?
Cuando yo era niño, mi hermano mayor, Faustino, estaba interesado en el culturismo y las artes marciales a través de libros, revistas y hasta de un compañero del Servicio Militar. No había en Guadalajara nada al respecto. Hablamos de mediados de los años 70. Mi otro hermano, José María, también mayor que yo, empezó a estudiar arquitectura en Madrid y es ahí donde contactó con el que se convertiría en nuestro primer instructor, Carlos Alfaro, al que como venía tres días por semana a impartir clase a Torrejón de Ardoz, se le convenció de que siguiera hasta Guadalajara e instruyera a un primer grupo de interesados en el Karate. Eso se hizo en el Club Aylu de Judo del maestro Pepe Merino. Alfaro fue el germen y nos introduciría también hasta su maestro, Yasuharu Igarashi en Madrid (que nos inculcó el amor por el Wado-ryu), y este después nos llevaría a los cursos de Tatsuo Suzuki, quien nos pulió la técnica en esos años, en sus viajes a España, ya en los primeros años de los 80. En algunas ocasiones le visité también en su dojo de Londres.
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¿Llegaste a dejar un trabajo fijo de funcionario por causa del Karate?
Siendo ya instructor de Karate, en 1983 entré a trabajar en las oficinas del ICONA (primero coordinando las emisoras contra incendios y luego como administrativo). Con el tiempo se crearon unas oposiciones y fui aprobando los diferentes exámenes, pero cuando ya lo tenía en la mano me pregunté si era eso a lo que quería dedicarme toda la vida. ¡No! A lo que quería dedicarme era al Karate, en cuerpo y alma, full-time. Un disgusto para mis padres…que comprendieron con el tiempo.
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En 1987 realizas tu primer viaje a Japón y eso cambia tu visión sobre el Karate ¿no es así?
Aunque a principio de los 80 yo había viajado a Roma, Londres… por mi participación en torneos internacionales en el equipo del maestro Igarashi, necesitaba profundizar más y beber de la fuente original. Me marché a Tokio para entrenar con el maestro Hironori Ohtsuka (Jiro), el hijo del fundador del Wado-ryu. Hicimos buenas migas y al año siguiente volví para además competir en su torneo internacional, en Yokohama. Fue una revolución técnica para mi (un nuevo horizonte con un amplio repertorio técnico y una forma de hacer, sobre todo en técnica por pareja, muy diferente). Incluso traje a Ohtsuka a mi ciudad para impartir el único curso que en su vida dio en España. Técnicamente es la línea que he seguido desde entonces. Con el tiempo han sido numerosos mis viajes a la cuna del Karate. Mi carácter abierto y decidido me hizo además buscar y conocer a otros grandes maestros, fueran del estilo que fueran, con muchos de los cuales trabé amistad. Mi interés en la Historia y Filosofía, además de la búsqueda de un rigor técnico, me empujaban a Japón.
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También te has movido mucho por Estados Unidos. ¿Por qué te ha parecido tan interesante el Karate de ese país?
Caí allí casi por casualidad en 1993, para asistir al torneo Internacional del maestro Osamu Ozawa, en Las Vegas (Nevada). Mi idea hasta entonces de los Estados Unidos no era demasiado buena pero me llevé una gran sorpresa, muy positiva, en las gentes tradicionales que allí se concentraron. Volví en varias ocasiones. Allí se daba además la mayor concentración de maestros importantes fuera de Japón. Tuve mucha relación durante años con gentes como Tak Kukota, Minobu Miki, Kiyoshi Yamazaki, y especialmente Fumio Demura, gran amigo a la postre, y a quien traje a España también a impartir un curso en mi ciudad, a pesar de no ser de mi estilo de Karate. Creo que el estilo es la calle donde vives, donde conoces cada rincón, cada vecino, cada detalle… Pero si no sales de ahí, siguiendo el símil, te perderás lo bueno del resto de la ciudad (el Karate), incluso de tu país (el Budo japonés) o del planeta (las artes marciales en general).
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¿Qué dificultades te encontraste en esos viajes y en tu vida en el Karate?
En mis viajes las principales dificultades eran el idioma (que poco a poco fui superando suficientemente). Conseguir llegar a ciertos maestros al principio también era complicado, pero la imaginación y la decisión me ayudaron. Las dificultades económicas, por supuesto, siempre están ahí, pero comprendí que esa “austeridad del samurái” de la que había leído algo en El Budoka podía ser el Camino, por lo menos durante unos años. De todas formas desde adolescente me las había apañado para sacar unos dinerillos ya fuera descargando camiones con 13 años, colaborando en trabajos fotográficos de mi padre, o en las primeras campañas electorales de la incipiente democracia, haciendo encuestas, etc., todo en paralelo a mis estudios secundarios y por supuesto a mis prácticas de Karate y al dojo que junto a mis hermanos abrimos en 1980, llamado Wadokan, y que posteriormente y ya en solitario reconvertí en Hombu Dojo. Las dificultades serias me fueron llegando con el tiempo en forma de lesiones, con varias roturas en entrenamientos y exhibiciones. La más grave un corte de espada en 1993 en la que un golpe de Katana me seccionó por completo el tendón de Aquiles, el tibial posterior, alguna vena y hasta incrustarse en la tibia. ¡Un desastre importante! Pensé que el Karate se había terminado para mí, pero con mucho sufrimiento tras la operación quirúrgica de reparación, me lié la manta a la cabeza y conseguí una casi total recuperación. Después mis prótesis de cadera, las dos, vendrían a añadirse a dolencias de espalda…
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A pesar de haber competido tanto en Kumite como en Kata no te has sentido especialmente cómodo en ese ámbito. ¿Por qué?
La competición puede ser beneficiosa en ciertos aspectos y ambientes, aunque el hecho de querer ser mejor que el otro y la forma de celebrar la victoria va en realidad en contra de un espíritu del Karate que nos enseña la humildad, el respeto, y querer, simplemente, mejorar uno mismo.
Al principio la competición era una forma positiva de probarse y mejorar, sirviendo para destapar los puntos débiles a trabajar. El problema surge cuando la competición y el vencer en ella se torna como objetivo principal y no como medio de mejora personal. Cuando se justifica el deseo de vencer a toda costa, su sentido se desvirtúa y se puede volver nociva. Cuando un puesto arriba o abajo en competición supone ser seleccionado o no para tal cual torneo es fácil que afloren bajos instintos. Los competidores, entrenadores y hasta árbitros, se pueden convertir en auténticos adversarios. Aunque algunos consiguen reciclar su Camino, no es fácil, y como decía Nietzsche… “también los vencedores son vencidos por la victoria”. Desde mediados de los 80, y luego cada vez más, el espíritu de la competición cambió y aparcó ese romanticismo previo. Politiqueos, envidias, rencillas, juegos de poder, etc., fueron aflorando con el tiempo cada vez más. Hay caramelos de azúcar que pueden ser perjudiciales aunque atraigan. La visión competitiva mal entendida se puede tornar elitista y discriminatoria. Solo representa a los que están bajo ese control, y mucha gente no se siente representada por esa forma de entender el arte marcial. En cualquier caso el Karate deportivo-competitivo no deja de ser una pequeña parte del Karatedo y nunca puede, por tanto, representar el todo. No estoy en contra de ella en según qué ambientes; lo que estoy es en contra de que sea el objetivo y se pierda en enfoque.
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Has conocido con cierta profundidad a la gran mayoría de grandes maestros del Karate en el mundo. ¿Cuáles te han resultado más cercanos?
Personas como Fumio Demura ha representado para mí lo que es un Sensei; dinámico y fuerte en su técnica pero a la vez humilde y humano en su actitud. Masutatsu Oyama no me trató tan bien (tenía sus motivos políticos, aunque erróneos y que ahora no vienen al caso ni hay que remover), aunque años después de su muerte, conocí a su hija Kikuko en Tokio, quien me demostró otro talante. Gogen Yamaguchi se me resistió por sus dolencias físicas que no quería mostrar. Estaba ya cercano a su muerte. Con el tiempo conocí a sus hijos Gosei, en San Francisco (EE.UU.) y Goshi en Tokio, con quien a pesar de su carácter distante al principio mantuve muy buena relación y al que visité varias veces en Suginamiku. También en España estuve con él. Los Kanazawa también han sido ejemplo de carisma y elegancia conmigo; primero Hirokazu con quien entrené en 1981 (y estuve con él en Las Vegas, Tokio…) y después su heredero Nobuaki, estupenda persona que trabaja con ahínco por conseguir el nivel que su padre tuvo. Morio Higaonna también es de mis favoritos.
He conocido a muchos otros que me han influido, como Masahiro Nakamoto, Tetsuhiro Hokama, Teruo Hayashi, Taiji Kase, Fusei Kise, Zenpo Shimabukuro, Fusajiro Takagi, Hiroshi Seki, Shoei y Masatoshi Miyazato, Tak Miami, Takayoshi Nagamine, Sho Kosugi, Masafumi Shiomitsu, Kenzo y Kenei Mabuni, Ken Funakoshi, Hiroko Ogido, Yasuhiro Konishi II (Takehiro), Kazutaka Ohtsuka, Masaaki Hatsumi, Shigeru Oyama, Isamu Arakaki, Eiko Miyazato, la familia Uema (Joki, Yasuhiro y Takeshi), Sakiyama Sogen, Yoshio Hichiya, el padre del Karate europeo Henry Plee, Hiroo Mochizuki, mi amigo Patrice Belrhiti, los entrañables old boys de Keio (Kinichi Mashimo, Mamoru Kase, Akiyoshi Iwamoto, Hiroo Suzuki, Youji Oohashi, Toshihisa Nagura, Koji Wada,…) y muchos más. Con todos estoy muy agradecido.
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¿Y españoles?
Por supuesto, muchos, pero para no olvidarme de ninguno quisiera solo destacar a Yosuke Yamashita y a Antonio Oliva. Hasta poco antes de su muerte me solía llamar habitualmente y me decía “Salva; no quiero nada. Solo te llamaba para escuchar tu voz y que me cuentes cositas”.
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Tendrás innumerables anécdotas…
Muchas, algunas inconfesables. Los maestros no dejan de ser humanos. En 1987 estando con Masatoshi Nakayama en su casa en Tokio, encima de su Hoitsugan dojo, me regaló su ejemplar del Karatedo Kyohan de Funakoshi que en su momento había costado 3 yen (menos de dos céntimos actuales) y así lo marcaba en la contraportada. Nakayama llamó a la editorial para que le repusieran su ejemplar y para confirmar si el precio seguía siendo el mismo, ante las risas suyas, de su esposa y nuestras. Era muy simpático. Lamentablemente Nakayama falleció pocas semanas después de esa reunión.
Curioso resultaba también verme con los hijos de Meitoku Yagi (Meitatsu y Meitetsu), sabiendo que vivían en el mismo bloque de Kume (Okinawa), que compartían dojo (el Meibukan de su padre)… pero que no se hablaban entre sí por problemas personales. En todas partes cuecen habas, y en algunas calderadas. O cuando Minoru Higa antes de invitarme a cenar, me llevó a casa de su tío Yuchoku y con la viuda de éste realizamos una breve ceremonia íntima en recuerdo de su marido. No hace mucho Higa me preparaba también café en su casa. Recuerdo los empeños de Takayoshi Nagamine porque ligara, en broma o en serio, con una camarera cenando en una taberna de Makishi. O el ilustre maestro Yoshimasa Matsuda empeñado en cantarme mientras tocaba el shamishen (guitarra okinawense). Hay cientos de anécdotas y momentos curiosos…
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Has recibido muchos reconocimientos en tu vida. ¿Cuáles recuerdas con más cariño?
Han sido muchos, nunca buscados, pero que tomo como consecuencias a un trabajo, creo yo, correcto, sobre todo en un camino de coherencia entre pensamiento, palabra y obra. He recibido premios Inter Gym´s Oro, del Concilio de Maestros de las AAMM, de la World Karate Confederation… pero quizá me sorprendieron los recibidos de la Consejería de Educación y Cultura de Castilla La Mancha por poder representar el Karate en un entorno un tanto ajeno a las artes marciales concretamente. El entonces presidente José Bono me otorgó la Medalla de Plata al Mérito Deportivo en 1997, y luego también en 2010, el presidente Barreda, la Placa al Mérito como club distinguido. También el galardón de la Academia de la Nobleza Normanda recibido en Roma junto a mi querido y ya desaparecido Carlos Vidal de Castro y de manos del mítico y buen amigo Augusto Basile. Pero mi mayor satisfacción ha sido organizar los Premios Shihan de Honor a las Leyendas Nacionales, donde participaron los grandes maestros del Karate nacional, sus pioneros, y hasta SM el Rey Don Juan Carlos.
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¿Cómo surgió tu amplia relación con la Casa del Rey y con la Embajada del Japón?
Bueno, como antiguo amante del Karate, yo ya había dedicado en 1985 mi primer libro a SM el Rey Don Juan Carlos. Luego siempre estuve en contacto con Su Casa por diferentes motivos y diferentes maneras. En 2007 incluso le otorgamos el 10º Dan de Honor por su aportación al Karate en Sus primeros años. Cuando abdicó en su hijo, yo le organicé en el Palacio Real un par de reuniones con viejos compañeros del Karate, Yamashita, Oliva, Carlos Vidal, Nomura, Juan Díaz, Adam Czartoryski… Pasamos unas tardes estupendas. En 2018 le propuse acudir a mis premios Shihan de Honor y aceptó, lo que significó por supuesto un gran evento que disfrutamos mucho todos y también él. Con la Embajada del Japón llevo muchos años colaborando y siempre han participado también en muchos de mis eventos, ya fuera conferencias, presentaciones, jornadas universitarias, charlas en colegios, en mi ceremonia de 8º Dan y por supuesto en los mencionados Premios Shihan de Honor. Varios embajadores han ido pasando en tantos años y con todos he tenido relación de este tipo, aunque todo empezó con el Embajador Satoru Satoh, con quien mi relación fue muy especial… y aún es, pues el año pasado me invitó a comer en Ikebukuro, Tokio, junto a mi hijo Brandon, donde recordamos viejos tiempos. Él había valorado mucho mis esfuerzos y también el detalle de que, tras el desastre de Fukushima, mi equipo de Karate portara en un torneo nacional la bandera de Japón, tanto en el podio como en el pecho de los karategi.
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¿Por qué has sentido siempre la necesidad de investigar, escribir, profundizar y mostrar?
Bueno, siempre he pensado que lo conocido del Karate era la punta del iceberg y que lo más interesante y cautivadora era su parte oculta. Me da pena que muchos karatekas se estén perdiendo algo que seguro agradecerían. Me ha encantado, además de practicar Karate, investigarlo en profundidad, sus peculiaridades técnicas, su historia, su diferente filosofía dependiendo de las épocas. Quiero que el Karate sirva de verdad para la mejora personal y del comportamiento. ¡Y en realidad he escrito lo que a mi me hubiera gustado encontrarme en cuanto a libros y artículos! Como en muchos casos no había esos temas… había que investigar y escribirlos.
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¿Cómo ves el Karate hoy en día y qué se debería preservar?
Lo veo un tanto enfermo, herido. Para mí la época dorada del Karate Do considero que es la segunda mitad del siglo XX (tanto en su técnica como espíritu y objetivos). Ahora no sé si es mejor o peor el carácter deportivo del Karate. Habrá gustos y opiniones, pero que tiene poco que ver con la visión denominada, bien o mal, tradicional… es evidente. El Karate actual creo que está muy desvirtuado por desconocimiento de sus características, vinculaciones… y muy desconocida su historia a través de la cual se entiende todo mucho mejor, ¡incluso la técnica!. No me parece que sean buenos tiempos para el Karatedo tradicional, su esencia, su transmisión…