Los nobles objetivos de la práctica de Kyudo.

Por Javier Parrilla Romero
Dan, ANKF
Autor del libro Kyudo. Espiritualidad Zen en el tiro con arco
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Quizá resultará sorprendente a los no iniciados en este arte marcial saber que el objetivo supremo del Kyudo no es acertar indefectiblemente en el blanco, sino la búsqueda de la Verdad (Shin), la Belleza (Bi) y el Bien (Zen). Según esto, cuando un sensei de fuera, ausente de nuestros seminarios durante los últimos diez años, volvió nuevamente para dirigir algunos de ellos, dándonos la opinión en el segundo de qué le parecía que no habíamos progresado todo lo que cabía esperar durante ese largo periodo de tiempo, deberíamos haberle agradecido una muestra tal de honestidad y pensar que seguramente nosotros habíamos negligido el cuidado de los nobles fines que persigue la práctica de Kyudo, siendo éste un juicio que lógicamente apelaba a todos y cada uno según sus responsabilidades.
La franqueza es siempre de agradecer, especialmente cuando proviene de quien tiene una autoridad reconocida y lo que pretende es ayudar a que la vía por la que transita la organización se abra a una mayor plenitud. Y es importante que la ayuda prestada con un juicio así por parte del sensei sirviera para estimular el examen crítico, porque, en el fondo, estaba apuntando al espíritu con que se realiza la práctica misma que mueve la organización. Y no bastaría con examinar si se está siendo respetuoso en el cumplimiento de los aspectos formales que externamente caracterizan el Kyudo, pues, para responder a honestidad con honestidad lo coherente sería más bien, expresándolo en términos metafóricos, ver si la tierra que alimenta la organización y, por ende, el espíritu de la práctica que ella acoge, goza de los ingredientes adecuados para posibilitar su crecimiento de manera vigorosa. Realizar este examen podría desvelar algunos de los obstáculos que más habitualmente se alzan para frenar el perfeccionamiento que demanda el ejercicio de la Vía del arco.
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Vencer la superficialidad
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Es sabido que muchos principiantes de Kyudo han llegado a esta disciplina atraídos por los aspectos estéticos y ceremoniales que pueden apreciarse visto desde fuera, de tal manera que, una vez dentro de su ámbito, pueden llegar fácilmente a sentir que participan de la exclusividad de un arte exótico nacido de tradiciones japonesas que estaban relacionadas con el arte de la guerra, aquella de la que fueron protagonistas durante varios siglos los antiguos samuráis en el campo de batalla.
Para un occidental, el exotismo del Kyudo pasa seguramente ya, y en primer lugar, por la misma vestimenta (hakama, dogi, kimono, tabi…) y continúa luego al apreciar las características del arco japonés (yumi) que se curva asimétricamente al abrirlo y se distingue además por su gran altura (en general, por encima de 220 cm) y la simplicidad de su forma material (de fibra de vidrio, fibra de carbono o bambú), desprovista de cualquier ayuda complementaria que ayude al ojo a dirigir la flecha hacia la diana. Pero la impresión de estar contemplando una práctica que obedece a coordenadas mentales desacostumbradas al occidental se agudizará al presenciar las reglas y principios de la ceremonia (sharei) que se desenvuelve dentro del kyudojo, donde los movimientos, ritmos y posturas deben acompasarse con las pautas de la respiración y formar un conjunto en sincronización con los demás participantes de la ceremonia de tiro. El Kyudo nos enseña a controlar los movimientos y a la vez a dotarnos de la fluidez de lo que está vivo y lleno de energía (seikitai), siendo esto algo que contrasta vivamente con las maneras habitualmente descuidadas de relacionarse con el propio cuerpo en Occidente.
El sharei está lejos de ser un ceremonial teatralizado, porque lo debe mover el espíritu de sinceridad (makoto) que ha de estar presente ya en el saludo al kamiza o al tokonoma, al entrar en el shajo (lugar de tiro), y debe continuar, completado el tiro de las flechas, más allá de la puerta de salida (deguchi), hasta que, una vez devuelto el arco a su soporte, el kyudoka se sienta en seiza y se quita el guante (yugake) con total concentración. Descomponer la postura y los movimientos apresuradamente, nada más franquear la salida, será una indicación de que la ceremonia ha sido realizada con una mente superficial. Aunque cierto es que superar esta condición de la mente no sea nada fácil, porque ella gobierna al kyudoka siempre que esté dominado por la inseguridad de no poder cumplir estrictamente con la ceremonia o el temor de no dar en la diana (mato). Y es, por tanto, la que habitualmente se apreciará entre los que se hallan en los primeros años de la práctica. Faltos de concentración será imposible librarse mentalmente de la presencia de las personas que nos observan y los ruidos que puedan desprenderse del entorno. Y especialmente al levantar el arco (uchiokoshi), posicionados en la línea de tiro (shai), los ojos dejarán entrar las imágenes y la figuras externas que enturbiarán la mente, con el efecto de descontrolar la precisión de los movimientos que impulsan los músculos al abrir el arco, exigidos máximamente en el momento de mantenerlo en su mayor apertura (kai), mientras, por el contrario, el kyudoka debería esperar con mente limpia que la flecha, como fruta madura desprendida del árbol, acabe partiendo al encuentro de la diana (mato).
Librarse de los hábitos mentales y corporales que obstaculizan el progreso no puede hacerse sin una actitud disciplinada y esto comporta seguir una práctica regular y fiel al entrenamiento. La presencia irregular o, todavía peor, esporádica en el kyudojo imposibilita, en primer lugar, el aprendizaje y, en segundo lugar, el afianzamiento del mismo. Quizá este aspecto relacionado con la disciplina dan al Kyudo una exigencia que choca o bien con la vida placentera que la gente persigue para sus actividades fuera del trabajo, o bien con otras más concretas de tipo familiar, comprensibles pero distorsionadoras de la firme progresión.
El carácter de disciplina confiere al Kyudo un nivel de dificultad ante el cual acabarán rindiéndose los kyudokas que gravitan principalmente en torno a los aspectos más externos del mismo, incluyendo entre estos los estéticos. Y anteponer la práctica regular a la conveniencia personal o confiar en que los contados seminarios de fin de semana que dirigen instructores avanzados a lo largo del año puedan servir de atajo al aprendizaje es absolutamente erróneo. El suelo firme del Kyudo solo se consigue mediante la práctica conjunta y continuada con los demás. En los seminarios quizá encontraremos ayuda para clarificar problemas que venimos repitiendo habitualmente mientras practicamos en el dojo y se alzan como escollos para seguir evolucionando, pero los seminarios no pueden sustituir la continua práctica de base. De aquí las dificultades suplementarias de quien la realiza afectado por la precariedad de no poder contar con instalaciones adecuadas o de llevarla a cabo sin la compañía del número y las personas cualificadas suficientes que hagan posible ensayar y practicar las diferentes ceremonias.
Asimismo, el Kyudo no es una práctica solitaria, de manera que ni el mayor empeño de la voluntad podrá remediar la ausencia de lo que le corresponde como práctica de grupo. Por lo que habría que diferenciar entre tirar al arco japonés y practicar Kyudo, y decir que lo segundo requiere estar dentro de un dojo, someterse a una disciplina y ser fiel a una tradición. La que está dentro de la ANKF (All Nippon Kyudo Federation) sería la que cuenta con mayor número de afiliados y practicantes en Japón.
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Atender el aspecto espiritual
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El Kyudo, nacido como resultado de la reordenación conceptual que para la arquería japonesa acordaron tras las Segunda Guerra Mundial la administración ocupante americana y los propios japoneses en 1949, iba a dejar de lado la rudeza militar del kyujustsu, entendido fundamentalmente como técnica para el acierto en el blanco. Cierto que el Kyudo seguirá perteneciendo al linaje del Budo, porque mantendrá el gran valor de acertar en la diana y se organizará según la estructura jerárquica que prioriza el grado y la antigüedad, pero su finalidad no será la de vencer a un enemigo (inexistente), sino la de superar las propias imperfecciones, para así llegar a conseguir la educación corporal y mental precisa que traduzca de manera natural el acierto de dar con la flecha en la diana. Kyudo significa la vía del arco y, por tanto, es un camino, como lo son tantas otras artes marciales japonesas que comparten el sufijo ‘do’ (aikido, judo, kendo, etc.). Pero un camino, ¿para qué?
No sería para hacer la carrera que conformaría añadir títulos con el grado que los Dan proporcionan y pretender así, como si se estuviera en una estructura jerárquicamente militar, que un Dan superior da atribuciones para imponer y mandar sin miramiento sobre los que están por debajo y menos para actuar de manera impropia y sin la etiqueta (rei) que el Kyudo ha heredado de la ética confuciana, para la cual no existe etiqueta sin benevolencia (Manual de Kyudo: “Un verdadero caballero será modesto en todo movimiento y conducta, incluso estando solo.”).
Recuerdo a este respecto que Jean-Pierre V., mi maestro en Bruselas durante cuatro años, tenía las virtudes, seguramente adquiridas en su dilatada práctica de Kyudo, que hacían del dojo un lugar para el aprendizaje, la cooperación y la amistad entre todos, logrando con autoridad pero siempre respetuosamente que todos estuviéramos dispuestos a poner nuestra energía más positiva en la realización de la práctica y asimismo ayudar cuando era necesario a las tareas colectivas. Siempre me cautivó su carácter modesto e integrador, de manera que nunca le oí ninguna salida de tono ni desconsideración para con nadie, ni siquiera para con aquellos que al principio del aprendizaje suelen destacarse con actos o preguntas que incluso a todos los demás pueden sonar improcedentes.
El Kyudo no sería tampoco un pasatiempo deportivo, en el que se abriera camino el aspecto de la competitividad, algo que se muestra especialmente así entre los se jactan de los aciertos propios y los ponen en comparación con los fallos de otros, y al mismo tiempo envidian la posición superior que detentan los más avanzados de la práctica. De esta manera se estaría obviando el aspecto espiritual innegable del Kyudo, el que invita a la transformación necesaria del carácter si se quiere ir al encuentro de la Verdad, la Belleza y el Bien. En el Manual de Kyudo puede leerse lo siguiente: “Aunque la búsqueda del nivel superior de la práctica no sea la ambición de todos, los practicantes de Kyudo deberán ser conscientes de su aspecto espiritual. Así el aspecto popular del Kyudo se relacionará con las partes más profundas de la práctica. Sin esta relación, el aspecto popular será superficial y vacío”. En dicho Manual se repite una y otra vez que el objetivo del Kyudo no es dar en la diana, sino hacer de su práctica una muestra de belleza. Para algunos, combinar lo uno y lo otro sería la expresión del mayor logro, porque resolvería armoniosamente tanto las exigencias del Budo, en lo que se refiere a acertar en la diana, como las exigencias que propone el Kyudo, en cuanto al desarrollo de uno mismo en los planos mental, corporal y espiritual.
Quizá sean los exámenes el mejor ejemplo de cómo se escenifica esta dualidad, ya que los examinandos se enfrentan a su deseo de pasar satisfactoriamente la prueba y al mismo tiempo a refrenar la demanda absorbente de su propio ego, queriendo revalidarse con la obtención de un nuevo Dan. La manera de resolver la contradicción que puede darse en el interior de uno mismo señala si estamos a la altura o no del examen que pretendemos aprobar. La actitud tranquila y algo distante y desinteresada en las horas previas al examen que puede observarse en algunos kyudokas es la mejor indicación de que seguramente se hallan interiormente capacitados para obtener un buen resultado. Dicen que el ego espiritual es el peor de los egos y, desde luego, tendrá que ser dominado por una consciencia calmada que, a su vez, se refleje como tal ante el espejo en que para ella se convertirá la mato.
Dentro de la línea espiritual, hay una corriente que resalta la mente zen, lo cual no es sino reconocer la vinculación que ya en el periodo Kamakura (1185-1333) se estableció entre la casta samurái y ese pensamiento, y que conserva actualidad aplicando las propuestas zen de realizar nuestras acciones con la plena consciencia del ‘aquí y ahora’ o desde lo que encierra el concepto mushin, que literalmente vendría a ser ‘no-mente’, es decir, desapego de la mente.
En Occidente, como es bien conocido, la asociación más estrecha entre zen y Kyudo se debe a la que divulgó el filósofo alemán Eugen Herrigel en su libro El zen en el arte del tiro con arco, publicado en 1948 para dar su peculiar visión de lo aprendido en los años veinte en Japón con el maestro Awa Kenzo (“Cuando el arco y el yo son uno, eso es zen”). La influencia de ese libro ha sido tan grande en el ámbito occidental que hasta el Manual de Kyudo, un libro centrado en los principios de la técnica y la práctica, la reconoce haciendo un breve mención al nombre de Herrigel.
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Cultivar la generosidad de corazón (kokoro)
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La verdad de uno mismo se prueba en la actitud con los demás, nos dice el Manual. En efecto, las palabras son muchas veces engañosas, pues somos dados a hablar de lo que sabemos pero asimismo de lo que no sabemos y normalmente preferimos hablar antes que guardar silencio, por lo que podría afirmarse que los actos de los que somos responsables dan una mejor medida de lo que verdaderamente somos. Cuando los japoneses dicen kokoro kara, desde el corazón, quieren significar generosidad espontánea, la comunicación directa que no pasa por la disquisición mental, el esfuerzo último por encima de agotamiento físico (el corazón llega allí donde el cuerpo ya no puede). Yo mismo pude acceder a uno de estos significados de manera muy gráfica, pues recuerdo que estando en la ciudad de Tajimi, el maestro Watanabe explicaba a sus conocidos de un dojo cercano que la comunicación entre él yo –dada mi dificultad para expresarme en japonés– se realizaba ‘desde el corazón’. Una explicación que todos entendían al instante, causándoles una risa afortunadamente empática.
Una muestra de generosidad, que no se entiende fácilmente en el mundo materialista de hoy, es la norma establecida desde antiguo en Kyudo de que el instructor o maestro no deba cobrar por la enseñanza. Quizá con ello se quiso combatir la tentación de buscar ganancia o provecho propios y redundar en que con la enseñanza se transmite únicamente un conocimiento que viene heredado de la tradición y, por tanto, el maestro no sería más que un instrumento por donde ella discurre. El maestro de Kyudo no ‘crea escuela’, como no sea a través de su carácter y de sus cualidades morales. Lo que ha recibido gratuitamente de los anteriores lo devuelve, a su vez, gratuitamente a los que vienen detrás. Por eso es loable el esfuerzo de atender fielmente a la práctica y proporcionar enseñanza, incluso cuando ello, como suele ser el caso, origina habituales gastos de desplazamiento y mucho empleo de tiempo. Lo justifica el amor a lo que se hace y se cree, al valor que se da al conocimiento que para la vida práctica existe detrás de la enseñanza de Kyudo, que es –como explica el maestro Hidearu Onuma – “un modo excelente para que las personas busquen la verdad de dentro de sí mismas. Esto conduce a un mejor entendimiento no solo de uno mismo, sino también de los demás. Siendo este un primer paso para la paz y la amistad universales”. Así pues, lejos de una práctica para un bien en provecho exclusivo y egoísta, el Kyudo nos muestra a través de su camino que las dificultades que en él encontramos son las mismas que afrontan los otros. Y, en este sentido, el Kyudo se presta a ser una vía y una oportunidad para el encuentro y el conocimiento compartidos.
Pero la generosidad es algo que a veces se muestra de manera selectiva. Quizá esto no sea atribuible al maestro, a la persona que así llamamos porque en ella reconocemos la perfección que atribuimos al conocimiento técnico como asimismo a cierta condición moral. Pero maestros hay pocos, razón por la cual tantas veces se nos invita a seguirlo sin dudar cuando la búsqueda nos lleva por fin a encontrar uno. Lo normal es que los instructores o enseñantes compartan nuestras propias debilidades y flaquezas.
En un seminario, el sensei nos explicaba cómo él, a través de la disciplina y el entrenamiento había logrado sobrepasar en grado a la persona que le instruyó de principiante. Era su senpai, la autoridad jerárquica de sus comienzos, pero ahora iba a hacer un examen que, de aprobarlo, lo pondría en un grado superior. ‘¿Quién dirigirá el dojo?’, le preguntó con gran respeto y cierta ansiedad. La respuesta fue sencilla y directa: ‘Tú lo dirigirás’. Estaba claro que no consideraba que el dojo le perteneciera, aunque lo hubiera dirigido durante muchos años. Con tono divertido nos llegó después la tristeza y resignación del mismo sensei cuando a él le tocó vivir la misma experiencia de su antiguo senpai y hubo de ceder el puesto de dojo-cho que ocupaba a otra persona. Así pues, el corazón generoso no duda, porque no se apropia de lo que no es suyo.
Esta misma generosidad es la que permite hacer que el dojo también pueda ser un lugar para el conocimiento y la enseñanza que kyudokas cualificados puedan aportar cuando les abrimos las puertas, aceptando que incluso su enfoque pueda no coincidir con el que habitualmente estamos acostumbrados a dar o recibir. En la generosidad caben el enseñar y el ser enseñado. Gracias deberíamos dar a quien nos ayuda a progresar sin pedir nada más que confianza por nuestra parte. La fidelidad a la Verdad, la Belleza y el Bien habría de ser el arma para combatir nuestros temores o desconfianzas. El maestro Onuma repetía que debería intentarse equilibrar la enseñanza atendiendo los aspectos físico, mental y espiritual, y que la cortesía y la amabilidad deben reinar durante el entrenamiento. Es el criterio de quien practicó Kyudo más de setenta años.
La generosidad debe extenderse a la resolución de los conflictos que con el tiempo pueden producirse entre kyudokas, pues es evidente que, aunque el Kyudo nos propone un ideal de perfección, ninguna práctica está libre de las desavenencias propias de las flaquezas y debilidades de los que participan en ella. El ego es una hidra de mil cabezas y difícil es erradicar toda forma de ambición. Los conflictos se desatan, se forman los bandos y se produce el choque. El Kyudo que conocemos aquí tiene la experiencia de estos conflictos, que quizá han tenido lugar debido en parte a una incomprensión deficiente del espíritu de la práctica, que, no debemos olvidar, pertenece a un país lejano cuya cultura, historia y religión difieren radicalmente de las nuestras. Si quizá en esto radica precisamente su encanto, no puede pasarse por alto, sin embargo, las dificultades de comprensión que a veces conlleva realizar una práctica que en nuestro entorno cultural fácilmente se confunde con una actividad más bien deportiva. Pero el Kyudo es mucho más que un esforzado entretenimiento, tal como deja claro el Manual de Kyudo en su preámbulo: “Kyudo es la Vida (Sha Soku Seikatsu). Y, por tanto, como practicantes de Kyudo se espera que dominemos virtudes como la disciplina, la modestia, la amabilidad y el autocontrol, y que el tiro nos lleve a la reflexión y podamos realizar todas esas cualidades en nuestra vida”. Así pues, el corazón generoso que debe resultar del cultivo de estas virtudes siempre estará del lado del entendimiento, de tender puentes y, en el caso extremo, de la reconciliación.
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Diré, para terminar y referirme de nuevo a la cuestión planteada en el preámbulo de este artículo, que cuando un sensei que nos conoce desde hace mucho tiempo a través de nuestra participación en los diversos cursos y seminarios que él ha dirigido, nos alerta sobre las carencias de nuestro progreso colectivo, ello debería ser tomado muy en consideración, porque seguramente a cada uno según su responsabilidad le toca poner algo de su parte para conseguir alcanzar el nivel que le es propio, pero que el sensei dice echar en falta. De no hacerlo así, esas carencias seguirán lastrando el potencial del bien que un día se abrió ante aquellos que, entre circunstancias muy diversas, descubrieron el camino del Kyudo para hacerlo suyo. Tómese, pues, lo que antecede como la modesta contribución que yo mismo puedo aportar desde mi propia reflexión y experiencia…


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